En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
Es palabra del Señor
REFLEXION
A partir de la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21,1-11) las hostilidades contra él aparecen con mayor intensidad y presagian su desenlace próximo. Sus acciones, sobre todo la expulsión de los vendedores del Templo (21,12-13), y las aclamaciones y reconocimientos de la gente, llevan a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo a cuestionar la autoridad del Señor. No obstante, Jesús denuncia la infidelidad de los líderes de Israel y la no acogida del Reino de Dios.
La parábola de los viñadores homicidas, dirigida a los sumos sacerdotes y fariseos, comienza describiendo a un propietario que planta una viña, la cerca, cava un lagar y construye una torre. Esta imagen remite a Isaías 5,1-7, donde la viña simboliza al pueblo de Israel y el propietario es Dios. Mateo añade a su texto una novedad, la viña es arrendada y el dueño se ausenta. A partir de aquí comienzan los sucesivos envíos de siervos a fin de que los labradores les entreguen los frutos. Mateo habla de dos envíos, cada uno de varios siervos cuya suerte es el rechazo sistemático que llega incluso hasta la muerte. De nuevo, los oyentes y los lectores ven un eco de la historia de la salvación: Dios constantemente ha enviado a sus siervos los profetas a Israel, en cambio, en vez de obtener frutos, muchos de ellos han sufrido la violencia (Jr 7,25-26). Esta serie de envíos encuentra su culmen en el tercero, el envío del “hijo”. La reflexión interna que se hace el dueño (“a mi hijo lo respetarán”), contrasta con la que se hacen ellos (“este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”), y concluye con dándole muerte fuera de la viña.
A continuación, Jesús recurre a la pregunta para interpelar a sus interlocutores: “cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”. Pregunta que los oyentes van a responder correctamente: “los que así han obrado merecen la muerte y que se les quite la viña, y se dé a otros que den los frutos a su tiempo”. Jesús amplía y explicita esta respuesta presentando la suerte del Hijo. Y lo hace a través de la cita del salmo 118: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” y anunciando las consecuencias: “Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”. En este momento los dirigentes caen en la cuenta de que lo había dicho por ellos y su reacción es de rechazo, pero no se atreven a arrestarlo por miedo a la gente.
El evangelio nos ha recordado hoy que hemos recibido una viña: la vida, la fe, la comunidad… y que somos meros administradores, no sus dueños. Dios espera de nosotros y nosotras frutos concretos de justicia, misericordia, fidelidad, servicio. La parábola también abre nuestro corazón a la esperanza: aunque los hombres rechacen a Dios, Él sigue construyendo su Reino, incluso a partir del aparente fracaso. La piedra rechazada se convierte en la base de una nueva construcción. ¿Es Jesús la piedra angular de nuestra vida?




























