En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey de Herodes oyó hablar de él.
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Es palabra del Señor
REFLEXION
El autor del Evangelio nos recuerda que la vida está llena de alegrías y proyectos, y también de situaciones difíciles, complejas y absurdas. Situaciones insensatas y contradictorias se dan muchas veces por la falta de valentía y de actitud, sea cual sea el precio que haya que pagar.
Podemos afirmar que Herodes, al oír hablar de Jesús, recuerda inmediatamente a Juan el Bautista. Un recuerdo que toca su conciencia. Una memoria entre luces y sombras: una lucha interna entre la admiración que sentía por Juan el Bautista y las apariencias.
¿Será que, a pesar de su mala acción (la muerte de un justo, de una persona que no había hecho mal a nadie) Dios hizo el milagro de la resurrección de Juan el Bautista y así la historia tiene un final feliz? Probablemente este podría ser el anhelo del corazón de Herodes para “redimir” su conciencia.
Malas consejeras son la vanidad, el vino y la prepotencia. Son ellas las que llevan a Herodes a presumir de poder hacer lo que quiera y prometer cualquier cosa y a cualquier precio. Malo es el rencor y la sed de venganza que habita el corazón de Herodías. Ingenuidad en una niña que no sabe qué pedir ante la propuesta del rey y recurre a su madre, una madre herida con deseo de “justicia humana”. Y, además, están presentes los espectadores: los invitados y comensales de la fiesta, quienes expectantes van a medir y juzgar las acciones que van a ocurrir.
Este es el contexto que llevó a la muerte de Juan el Bautista, un inocente entre tantos, que no vendió su vida y permaneció fiel a Dios, ocurriese lo que ocurriese.
Herodes probablemente quiso limpiar su conciencia al desear que Dios hubiera resucitado a Juan el Bautista. Posiblemente la aspiración de su corazón no le permitió reconocer y acoger la novedad de Jesús: “el reino de Dios está entre vosotros, convertíos y creed en el evangelio”. Es muy humano desear una intervención mágica que arregle las cosas. Es de personas creyentes percibir la presencia de Dios y reconocer la propia fragilidad, el mal uso de la libertad, el absurdo de la prepotencia y pedir perdón… Sólo el perdón de Dios nos yergue como hijos e hijas de Dios, nos devuelve nuestra dignidad y nos fortalece personal y comunitariamente para vivir y realizar la misión que Dios nos confía.
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Nacida en Vigo – España, crecí en la vida de fe en mi parroquia: El Cristo de la Victoria, dinamizada pastoralmente por frailes dominicos y hermanas dominicas de la Anunciata. Muy joven soy enviada al Brasil, experiencia que me desafió culturalmente, me enriqueció y transformó como mujer, creyente y dominica. Junto con mis hermanas de comunidad fui enviada a diferentes servicios para anunciar el Evangelio y también favorecer y acompañar procesos de crecimiento en dignidad. Quiero destacar la misión realizada en diversos centros sociales cuyo objetivo era el atendimiento de niños y adolescentes, así como a sus madres, todos ellos de contextos sencillos y sin oportunidades; las clases en las escuelas públicas, el acompañamiento a la Pastoral del Menor y el compromiso y coordinación nacional de la Red “Um Grito pela Vida” – iniciativa intercongregacional contra la trata de mujeres y niñas. Actualmente soy la Priora General de mi Congregación.































