Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
Palabra del Señor
REFLEXION
La claridad con que expone Jesús este relato evangélico no deja mucho espacio para la reinterpretación, es radical y concreto: o estamos con El y en El o somos lo más parecido a lo inútil, es decir nada. Porque la dignidad humana no la da el tener un estatus u otro, el tener, el parecer, el poseer, el poder…el ser humano se define por ser. La esencialidad de su vida debe tener consistencia en el tiempo más allá de lo que hace o tiene, precisamente por su dignidad humana está llamado a la eternidad.
Permanecer en un lugar o junto a alguien requiere un conocimiento afianzado como vínculo que genere un bien y un crecimiento personal, un vínculo de amor que lleve a “oler” esa presencia en la atmosfera que le rodea, de lo contrario es una permanencia “viciada”.
El vínculo de permanencia con Cristo y en Cristo es el amor, no puede haber para el ser humano un vínculo más profundo que este. Permanecer en El, en Cristo tiene sus consecuencias que van más allá de un programa de vida, más bien es una vida que “huele a verdad, a fidelidad, a entrega, a esperanza, es una vida que ha aprendido a mirar desde la ventana del corazón, para descubrir en la humanidad la mirada de Dios.
Los ojos de Dios son las lágrimas y el dolor de los pobres, de los niños abandonados, de los enfermos, son las lágrimas de tanta soledad y abandono en un mundo que necesita descubrirse amado. Cuando los ojos de Dios se nos claven en el alma y las manos se nos rompan de tanto extenderlas para dar, acoger, perdonar, entonces permanecer en El, como sarmientos vivos, no será un sentimiento intimista, sino una entrega generosa que hará de nuestra vida una “buena noticia creíble”.
Permanecer en El, en Cristo nos lleva del Yo-TU al NOSOTROS que es el vínculo más profundo que existe en todo bautizado, el vínculo trinitario que riega con la gracia de su presencia la historia y la vida de la humanidad, como la vid riega los sarmientos y los embellece con su savia.
Permanecer en Cristo es la invitación que Dios nos hace para ser felices, para romper las barreras egoístas que nos impiden “oler a Dios,” percibir el aroma de su amor y su misericordia cada vez que abrimos el corazón para abrazar a la humanidad y darle calor de eternidad.
































