El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Es palabra del Señor
REFLEXION
El relato comienza narrando la inmensa misericordia de Jesús, su afán por salvar a todos sin excepción. No deja abandonada ni una sola oveja de su rebaño. Incluidos los publicanos y pecadores, con los que en actitud de acogida y cordialidad, se sienta a comer, aunque le cuesta las murmuraciones y recelos de los fariseos.
En el relato hay tres comidas bien diferentes. Jesús comiendo en fraternidad con los socialmente mal vistos, una envidiada comida de algarrobas de unos puercos y un banquete de fiesta. Y en el centro del relato, la historia de amor incondicional de un padre hacia sus dos hijos perdidos. Uno fuera, en un país lejano y el otro perdido en su propia casa.
Narra, dirigido a todos y con sencillez, el cotidiano error humano de confundir la felicidad con la satisfacción egoísta de los deseos individuales. El hijo menor quiere disfrutar las riquezas del hogar paterno sin limitaciones impuestas, marcha de su hogar por no sentirse libre y experimenta que cuando se terminan las riquezas efímeras, es menos libre todavía y acaba cuidando cerdos, cayendo en la peor impureza posible, y envidiando que estaban mejor alimentados que él. Es importante el v 17: “entrando en sí mismo”.
La experiencia dramática vivida provoca una evolución que da la vuelta a su vida. No es el padre el que sale a buscar a su hijo, es el recuerdo de su amor volcado en su cuidado. “Y levantándose” con humildad, se pone en marcha decidido a arrepentirse, y volver sin pensar en que le acepte en su condición de hijo, sino como jornalero, para acabar con la indigencia en la que ha caído.
Todos podemos experimentar a lo largo de la vida la caída y la necesidad de volver y de ser perdonados al regreso. Volver al hogar paterno por medio del perdón. Es una parábola dirigida a todos.
El padre ha respetado la libertad del hijo, lo ha criado con cariño y confía en que “ya volverá”. Y recupera a su hijo, al que no le deja ni terminar de disculparse. Lo viste, le pone un anillo en señal de rehabilitación de su dignidad, y lo calza dándole de nuevo posesión del hogar. Un reingreso total en la familia, con misericordia y compasión. Así es el perdón de Dios al que regresa. Restablece la condición y se niega a aceptar la indignidad de su hijo arrepentido. Y Dios celebra una gran fiesta por cada hijo que regresa. Como decía Miqueas, ¿Qué Dios hay como tú?
El hijo mayor reacciona al regreso de su hermano con envidia por el recibimiento, con amargura e incomprensión. A pesar de que vive en casa del padre y lo tiene todo, demuestra sentir la misma falta de libertad que su hermano al marchar.
La parábola nos da una guía para la vida: la misericordia del padre, el arrepentimiento del que regresa, y la comprensión del que está dentro de casa.



























