En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Las mujeres que corrieron hacia el sepulcro de Jesús a primeras horas del domingo iban movidas por su fe en la promesa de Jesús: «Al tercer día resucitaré». Les bastó comprobar que el sepulcro estaba vacío para conmoverse profundamente y llenarse de alegría. Para su creencia no hacía falta más.
Lo anterior, no obstante, mereció el mayor de los premios, porque Jesús mismo les salió al paso en su correr y así fortificó su certidumbre. El saludo consistió en un verdadero mandato: «Alegraos». Lo reconocieron al momento y se postraron en adoración, abrazando los pies del que fue un cadáver pleno de los signos de haber sufrido lo indecible y ser traspasado por los clavos que lo ajustaron a la cruz.
Pero Jesús no era ya un muerto, sino una humanidad de cuerpo y alma glorificados, sin necesidad de zonas geográficas para cobijarse y fuente de gozo para los creyentes, como lo eran aquellas dichosas mujeres. En sus mentes se grabó de manera indeleble la razón o recado que les encargó el Maestro: «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Las mensajeras cumplieron de muy buen grado con su misión.
Invita también el texto evangélico a considerar la diversa reacción de los soldados que custodiaban el sepulcro. Aunque recibieron una conmoción como nunca la habían sentido cuando el sepulcro quedó vacío, les faltó la acción libre de abrir sus puertas al misterio y don de la fe. Comunicaron, por el contrario, sus temores a los sumos sacerdotes para que los libraran de algún posible enjuiciamiento, dando con alguna excusa más o menos creíble. A la fe hay que estar expeditos desde la humildad y con el corazón en las manos de Dios.



