En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Y se escandalizaban a cuenta de él.
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Las palabras de Jesús se han convertido hasta en un refrán que tal vez por haberlo oído muchas veces no calibramos el tremendo significado que tiene esta frase.
La tarea del profeta es muy ingrata. Los auténticos profetas suelen ser mal recibidos. A muchas personas les incomoda escuchar discursos claros, radicales, que apelan a la verdad del ser humano y que piden una respuesta, un cambio de actitud.
A menudo, son los más cercanos al profeta los primeros que lo rechazan o no saben valorar su mensaje. De ahí ese interrogante que quiere quitar méritos y desprestigiar la misión, ¿no es este el carpintero?.
Detrás de esta pregunta se trasluce incluso esa cierta envidia y celotipia que marca hoy en día la vida de quien tiene luz y verdad.
Son los tuyos los primeros en reaccionar y desacreditar el don del próximo. Quizás porque no creen que en una persona conocida y cercana, con sus limitaciones, pueda darse tal fuerza, tal entusiasmo y coherencia con su fe.
Pero el profeta que no se busca así mismo, sino que se convierte en mensajero de Dios, no se abate ante las críticas. Los ataques lo refuerzan y jamás se rinde. El amor que lo llena lo sostiene.
La Iglesia de hoy, siendo humana y cargada de defectos, sigue siendo depositaria de un tesoro inmenso. Necesita profetas que sean su voz y muestren al mundo el rostro de Dios.
A eso estamos llamados los cristianos, para ello no necesitamos mucha elocuencia: nuestras obras y nuestra forma de estar en el mundo hablarán por nosotros.


