En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Es palabra del Señor
REFLEXION
En un contexto cultural en el que el testimonio femenino carecía de valor jurídico, el Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena como la primera testigo de la Resurrección, y a un Dios que una vez más, sitúa en el centro a quien, socialmente hablando, está en los márgenes.
El relato nos muestra a una María Magdalena desolada en pleno duelo por la pérdida de quién era el centro de su vida, pero que, tras el encuentro con Jesús resucitado, pasa de la oscuridad del llanto a la alegría de la misión. Ese es el itinerario pascual de la persona creyente. Aprendemos de María Magdalena que ser testigo de la Resurrección no significa solo afirmar que Cristo vive, sino que implica pasar del miedo (oscuridad) a la esperanza (luz), y reconocer que la muerte no tiene la última palabra en nuestras vidas.
Además, aprendemos de María Magdalena, que la resurrección hay que compartirla, anunciarla, predicarla, gozarla; porque tras el encuentro con Jesús resucitado, la vida de María se transforma para salir en misión.
Si realmente hemos tenido una experiencia de Dios, no hay mucha opción, salir a anunciar la resurrección, es a lo que estamos llamados los hijos e hijas de Dios.
¿En qué momentos concretos de mi vida he experimentado que Dios me llama personalmente?
¿Qué situaciones de dolor o fracaso podrían convertirse, a la luz de la Pascua, en lugar de envío y testimonio?
¿Mi fe se traduce en un anuncio visible y coherente en mi entorno?



