Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».
Es palabra del Señor
REFLEXION
Una afirmación tan firme y decidida puede sorprender nuestro corazón lleno de “peros” en el campo de la amistad. Sabernos elegidos y amigos de Jesús… saber de la libertad y confianza que implica el ser amigos: lealtad y posibilidad de dialogar en todas las circunstancias, es una certeza que nos concede alegría y seguridad. Se trata de una amistad que llega a lo más profundo de nuestro ser y que nos hermana y une, que crea comunión en medio de diferencias. Sí, a nosotros, Jesús nos llama amigos y así nos quiere. Ya dice el refrán: “los amigos de mis amigos son mis amigos”
La amistad de Jesús no nos cierra en un círculo de bienestar que se retroalimenta en una relación ideal. Jesús afirma: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”. Por eso su amistad nos lanza a dar la vida por los demás a través de muchas acciones concretas: escuchar, servir, aconsejar, perdonar, cuidar, etc., “especialmente a los hermanos en la fe”, pero también “a todos” (Gálatas 6,10).
Dejemos, pues resonar en nosotros la invitación a la amistad que es capaz de dar la vida y el cuidado de la comunión en la comunidad cristiana.



