La parábola del sembrador nos invita a meditar sobre nuestra capacidad de acoger, arraigar y fructificar la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana, en nuestra historia y en nuestro corazón. Estas tres realidades forman una unidad esencial que es constitutiva del «humus» que hace buena y fértil nuestra tierra. La esperanza que Dios tiene en nuestro misterio personal se revela en su capacidad de hacer fecunda nuestra tierra, y para ello provee la lluvia que la empapa y la hace germinar, con el fin de cumplir su misión de dar la semilla y el pan cotidiano (cf. Is. 55,10). Por eso, nuestra capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra de Dios nos abre en plenitud a aquellas primicias del Espíritu que nos hacen aguardar la adopción filial y la redención (cf. Rom. 8,29).


