En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Es palabra del Señor
REFLEXION
El evangelio presenta a Jesús realizando un gesto profundamente humano y cercano. Ante un hombre sordo y con dificultad para hablar, no actúa a distancia ni con solemnidad pública. Lo aparta de la gente, lo toca, suspira y mira al cielo. Es una escena íntima, casi terapéutica, donde el cuerpo, el tiempo y la relación tienen un lugar central. Jesús no tiene prisa: se acerca, crea un espacio seguro, personal, donde la sanación puede acontecer.
La palabra clave es sencilla y poderosa: «Effetá», ábrete. No es solo una orden física, sino una llamada existencial. Ábrete a la relación, a la palabra, a la comunicación y a la vida que circula entre las personas y con Dios. La sordera y la mudez no son solo discapacidades individuales; en el evangelio representan también la dificultad para escuchar a Dios y para anunciarlo con verdad. Cuando se pierde la escucha, la palabra se empobrece y la fe se vuelve muda.
Resulta significativo que este milagro tenga lugar en territorio pagano, en la Decápolis. Jesús abre oídos y lenguas más allá de las fronteras religiosas, culturales o identitarias. Donde parecía no haber pertenencia, brota la alabanza: «Todo lo ha hecho bien». Es casi un eco del Génesis, como si la creación comenzara de nuevo allí donde alguien recupera la capacidad de escuchar y de hablar, de entrar en relación.
El gesto de Jesús responde, en el fondo, al drama descrito en la primera lectura y en el salmo. Frente a un pueblo que no escucha, Jesús crea espacios de apertura. Frente a corazones cerrados, pronuncia una palabra que libera. Donde la incomunicación genera ruptura, él restaura la relación y devuelve la posibilidad de encuentro.
También hoy podemos estar rodeados de palabras y ruido y, sin embargo, ser sordos, o hablar mucho y no decir nada. A veces nos hemos cansado de escuchar, de esa escucha verdadera que implica el corazón y no solo el oído. Y sin escucha no hay comunicación auténtica, y sin comunicación no hay comunión. La Palabra nos recuerda que la fe se juega también en la calidad de nuestros vínculos.
El evangelio nos invita a dejarnos tocar por Jesús, a permitirle entrar en nuestras zonas bloqueadas, en aquello que no sabemos expresar o no queremos oír. Solo quien se deja abrir puede convertirse en testigo. Tal vez por eso, aunque Jesús pide silencio, la gente no puede callar. Cuando alguien ha experimentado que Dios le devuelve la voz y la escucha, la alegría se desborda y se vuelve anuncio.
Para la oración personal nos preguntamos:
¿Qué necesito hoy que Jesús «abra» en mí?
¿ A quién me cuesta escuchar, y qué palabra espera Dios que yo pronuncie con verdad y compasión?



