En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Este precioso texto se centra como la primera lectura en el adulterio. En este caso no se niega el adulterio, pero los letrados y fariseos, le exigen a Jesús que se pronuncie sobre el castigo que, dicen, establece la ley a la adúltera. (La ley precisaba si el acto se hace cuando la mujer no puede defenderse o al menos gritar, como Susana o sí puede defenderse de alguna manera. Y, ¡no se olvida del adúltero!).
La conocida respuesta de Jesús: “el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”, desarma a los letrados y fariseos. Que, como apunta el texto, no pretendían el castigo, sino comprometer a Jesús, para ver hasta dónde era fiel cumplidor de la ley “hasta en una tilde”, como él mismo Jesús decía; ello suponía enfrentarse a la apuesta clara de Jesús por la misericordia y la acogida del pecador. Que en definitiva es lo que hace con la mujer: “mujer ¿ninguno te ha condenado?”…; “tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”.
El texto es además una invitación a que nos preguntemos: ¿Quién soy yo, pecador, para condenar al hermano?
También nos invita a que seamos conscientes de que el pecado se perdona, pero es mal que ataca nuestra condición humana, según la entiende el mensaje de Jesús, nuestra fe. Por eso hemos de prestar atención a lo que dice Jesús a la adúltera: “anda y no peques más”.



