En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Realmente este relato de hoy es inquietante y nos dice muchas cosas. Los evangelios, escritos para todo tiempo, nos llevan a reflexionar en un tiempo de violencia, guerra, prepotencia, mentira… un tiempo que nos inquieta y que, muchas veces, nos hace sentir impotentes porque nuestra pequeñez se ve superada por la magnitud de la muerte provocada por el poder y la ambición de unos pocos.
Cada día más, los especialistas en la Palabra de Dios, están convencidos de que fue la resurrección de Lázaro lo que llevó a Jesús a la muerte: el poder religioso se vio tocado profundamente por la vida que Jesús daba y cómo la gente iba creyendo en Él cada vez más.
El poder, sea religioso, sea político, no quiere competencia, no quiere que alguien les pueda quitar su legado…. y Jesús lo hacía, molestaba, era impertinente. Hicieron del culto su negocio y no podía ser que un laico, por más maestro que fuera, les quitara su lugar (el clericalismo, el liturgismo, el conservadurismo) para poner en su lugar la vida, el hermano, el que sufre.
¿Acaso no siguen retumbando esas palabras también hoy en día? El culto más importante que la persona, la “casta” de los especialistas en religión dividiendo la Iglesia o negando la sinodalidad “porque nos quita nuestro lugar” ….
Por desgracias se están repitiendo los lugares de la antigüedad en la medida en que volvemos al templo, a la sinagoga, y nos alejamos del evangelio que insiste constantemente, de una manera u otra, “misericordia quiero y no sacrificios”.
Vemos como la violencia y la muerte es utilizada para la resolución de conflictos personales (ambición, poder, riqueza) por eso el Evangelio de hoy clama con fuerza a que miremos al profeta, al hombre que pasa haciendo el bien, a la misericordia, por encima de intereses y de actitudes que generan violencia hacia el más débil. El Papa reclama la paz, la gente de buena voluntad lucha por la paz, las madres lloran la muerte de sus hijos e hijas y nosotros ¿qué hacemos? ¿Por qué optamos?
Quizás no sean momentos de indiferencia (el gran pecado actual, decía Francisco) ni de ambigüedad, es el momento de hablar con fuerza y con contundencia desde nuestra fe en el hombre, nuestra fe en el Reino, nuestra fe en el Príncipe de la Paz: Elegimos un mundo diferente en el que, ni desde la religión, ni desde la política, nos defendamos con muerte, división y engaño, sino desde el servicio, la fraternidad y el optimismo edifiquemos la humanidad que Dios quiere, porque sabemos que no luchamos por una utopía, sino por una promesa.



