En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
Y el ángel se retiró.
Es palabra del Señor
REFLEXION
En el escenario que enmarca este fragmento evangélico de Lucas se mueven tres protagonistas: Gabriel y su anuncio, María con su escucha y su fiat, y Jesús con su misterio personal y su misión.
En cuanto a Gabriel, en algunos relatos de la Escritura, aparecen estos seres invisibles mediante los que Dios, a quien su radical trascendencia no le impide comunicarse con nosotros, nos trasmite sus mensajes. No sólo ha hecho el mundo y nos ha puesto en él, sino que nos habla para que mantengamos la vista fija en el horizonte. Nuestro Dios no sólo tiene palabras, sino que Él mismo es la Palabra que se hace carne para cumplir su promesa de redención (Gen 3,15).
Pues bien, Gabriel anuncia a María que aquella promesa se cumple ahora: comienzan los tiempos mesiánicos. La gracia de Dios es más fuerte que el mal, esa opacidad de nuestra historia y nuestro corazón. La persistencia del mal no debe causar escándalo, pesimismo y desesperanza: es el acicate para esperar que Dios actúe con su amor para vencerlo. Con Jesús, Dios hecho hombre, comienza un reino “que no tendrá fin”.
Otro personaje del diálogo es María. El ángel disipa el temor causado por su presencia y le invita a asistir a este momento con alegría: es lo que provoca la certeza de que Dios está interviniendo para salvar a su pueblo. Da a María un nuevo nombre, “la llena de gracia” porque se le encomienda la misión de traer al mundo, hecho hombre, al Hijo de Dios.
La mujer, sobre la que pesaba la sospecha de ser causa de los males de Adán y de sus descendientes, es ahora la señal que Dios hace ante su pueblo, y que cambia su historia. María escucha, reflexiona, reacciona, interroga. También tiene ella algo que decir. Porque la salvación, como tantos asuntos entre humanos, es cosa de dos. Y completa el diálogo entregándose a la voluntad de Dios. Su “fíat”, expresión tanto de humildad como de servicio, la incorpora a la serie de siervos/servidores que culminará en Jesús y en sus seguidores.
Por último, los títulos que el ángel atribuye a Jesús, Hijo del Altísimo, el verdadero Hijo de David, Hijo de Dios, nos hablan de su misterio: “no pasó por entre los hombres, sino que se detuvo; no se dirigió a los hombres desde fuera, sino que se hizo humanidad y lo asumió todo desde dentro” (E.G. Mori), y su nombre describe su misión: Jesús, “porque el salvará al pueblo de sus pecados”.
Toda la trayectoria vital de Jesús, desde su encarnación a su resurrección nos lo revela como el Enmanuel, el Dios con nosotros, como parece haberlo entrevisto Isaías; en Él Dios dice su sí definitivo a la humanidad.
Para la reflexión
Jesús Espeja (Dios todavía, Edibesa 2025) habla de la “encarnación continuada”. Pues bien, ¿qué consecuencias tiene para nuestra vida creer que Dios sigue haciéndose presente, con amor, en lo humano? ¿Cómo mirar a Dios, a los hombres y a los acontecimientos sabiendo que Él sigue encarnándose? ¿Qué lugar damos a María en nuestra fe y nuestra espiritualidad?.



