Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
Palabra del Señor
REFLEXION
Puede sorprendernos pensar en el Reino con las imágenes que nos propone san Lucas en el Evangelio que hoy meditamos. Intuitivamente, imaginamos algo grande en extensión, en complejidad, en nobleza. Algo importante, sin duda, según las proyecciones humanas al respecto.
Las parábolas de Jesús nos introducen en la nueva dinámica del Reino en la que ya no sirven nuestras viejas proyecciones, ni las leyes ni las normas que nos habían ofrecido explicaciones y seguridad. El Reino es expansión de una nueva conciencia.
En vida de Jesús sucedieron signos extraordinarios que los cristianos de hoy seguimos conociendo a través de los relatos evangélicos: los ciegos ven, los lisiados recuperan la movilidad de sus miembros, a los mudos se les suelta la lengua, a los que el mal mantiene encadenados son liberados y pacificados, los señalados como pecadores, son perdonados. Los milagros de Jesús son manifestación del poder de Dios, de la presencia del Reino, y nos animan a cambiar de vida y a instalarnos en la nueva perspectiva.
Hoy san Lucas no narra uno de esos milagros ¿O sí? Vemos la expansión del Reino en pequeños milagros que ocurren ante nuestros ojos todos los días; en la transformación de la diminuta semilla de mostaza en arbusto que cobija nueva vida y de algo más pequeño aún: el hongo microscópico que fermenta el pan que nos alimenta.
El Reino nos transmite una sabiduría antigua y nueva, como diría san Agustín, que no es la que utilizamos ni en nuestros análisis ni en nuestros juicios humanos.
¿Necesitamos limpiar nuestra mirada para ver el Reino? ¿Necesitamos desprendernos de algo más que de imágenes guardadas en nuestra memoria?



