María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
Es palabra del Señor
REFLEXION
En el Evangelio (Lc 1, 46-48) consideramos, una vez más, el himno Mariano por excelencia. La liturgia de la Iglesia lo repite diariamente en la oración de Vísperas. Una autora de origen chino, María Ko, ha escrito que el «Magníficat es un canto que se expresa en un instante, pero que está lleno de belleza inextinguible y resonancias infinitas».
San Lucas pone en labios de María un cántico en el que se expresa, en primer lugar, la alabanza a Dios. Al Señor se le alaba y glorifica, sobre todo, por ser quien es, por sus atributos que se reconocen en grado infinito: bondad, amor, belleza, sabiduría, justicia, omnipotencia, omnipresencia… Se glorifica a Dios por ser la fuente de la salvación del ser humano, rescatándonos de la situación de pecado.
También porque ha contado con la colaboración de un ser humano para realizar la salvación prometida a lo largo del Antiguo Testamento. Este ser humano, lleno de gracia, es María, una humilde sierva. A través de ella Dios ha hecho obras grandes, es decir, la Encarnación y Redención obrada por su Hijo.
Semejante misterio está rodeado de humildad. Humildad de María, hasta confesarse una verdadera esclava de Dios, humildad de la naturaleza humana asumida por Cristo, desde su nacimiento hasta la crucifixión y sepultura.
Bien puede afirmarse que la humildad es el primer antídoto contra el veneno del pecado. A los redimidos se pide la actitud y virtud básica de la humildad. En la nueva humanidad se ha de luchar muy principalmente contra la soberbia.
Los corazones soberbios mantienen el alejamiento de Dios. Pretenden llevar a tronos de grandeza, ambiciones, posesión de bienes temporales, engreimientos por el saber, sueños egoístas y de soberanía personal e impositiva, discordias, usurpaciones, guerras.



