Isaías anuncia que quienes viven en tinieblas ven una luz inesperada: un Niño frágil, sin ruido ni aparato, pero portador de títulos divinos —Consejero admirable, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz—. En esa debilidad se esconde una fuerza indestructible. La historia cambia aquí: la luz llega en pañales.
El salmo 95 muestra la respuesta de la creación ante esta irrupción divina: todo estalla en alegría. La tierra canta, los mares rugen, los campos saltan. El universo percibe antes que nosotros que el verdadero Rey ha llegado: su reinado es justicia que ordena, fidelidad que sana y misericordia que renueva. Lo ocurrido en Belén no queda encerrado: es un temblor cósmico que atraviesa cielo, tierra y corazón humano.
La carta a Tito señala el centro: «La gracia de Dios ha aparecido». No llega una teoría ni un código, sino una presencia. Cristo es la gracia hecha carne, cercanía visible. Él salva, pero también purifica y educa: enseña a vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo concreto. La Encarnación no es adorno: es el inicio de una conversión real, porque Dios se hace cercano para reordenarlo todo desde dentro.
Lucas narra el acontecimiento con sobriedad luminosa: en Belén, en un establo pobre, se cumple la promesa. María da a luz al Salvador en una periferia anónima. Los primeros testigos son los pastores, los últimos de la fila. A ellos un ángel revela el sentido de esta noche: «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra». La gloria asciende, la paz desciende. Desde esa cuna humilde, la historia ya no camina a oscuras: la luz tiene rostro y respira entre nosotros.



