La solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primera fiesta mariana que podemos constatar en la Iglesia occidental. Probablemente, la fiesta remplazaba la costumbre pagana de las «strenae» (estrenas, dádivas), bien distinta del sentido de las celebraciones cristianas. El «Natale Sanctae Mariae» comenzó a celebrarse en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación de una de las primeras iglesias marianas de Roma, esto es, Santa María Antigua, en el Foro Romano. La última reforma del calendario trasladó al 1 de enero la fiesta de la maternidad divina, que desde 1931 se celebraba el 11 de octubre en memoria del Concilio de Efeso (431), donde se proclama a María “Theotokos”, la que dio a luz al Salvador, el Hijo de Dios.
Celebramos también la Jornada mundial de la Paz (XXVIII), ya que al comenzar el año siempre se celebra esta jornada de la paz, cuyo mensaje no puede ser ignorado por los cristianos que deben trabajar denodadamente por la paz amenazada en el mundo.
El Salmo 66 recoge esta bendición y la convierte en oración: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.” El salmista reconoce que la bendición no se agota en quien la recibe: está destinada a mostrarse al mundo entero, a revelar la justicia y la salvación de Dios.
La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos muestra cómo esta bendición se hace carne en Cristo, “nacido de mujer”, según san Pablo. Y el Evangelio presenta a los pastores —los pobres y excluidos— como los primeros en recibirla y en convertirse en mensajeros de alabanza.
Iniciemos, pues, el año desde la certeza de que Dios nos mira, nos bendice, camina con nosotros y nos envía a vivir agradecidos y alegres, como los pastores, anunciando lo que hemos visto y oído.



