En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón, cuyo nombre era Isabel.
Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.
Una vez que Zacarías oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según la costumbre de los sacerdotes, le tocó en suerte a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso.
Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor.
El pueblo, que estaba aguardando a Zacarías, se sorprendía de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo.
Es palabra del Señor
REFLEXION
En esta Feria privilegiada de Adviento que anticipa y prepara la fiesta de Navidad, el evangelio nos presenta otro anuncio, esta vez del nacimiento de Juan Bautista. Ciertas similitudes con la primera lectura aparecen en el texto, como la esterilidad de una mujer humillada por su infecundidad, la irrupción de Dios en la cotidianidad a través del ángel y finalmente, el anuncio de lo que es “lógicamente” imposible.
Ahora el protagonismo recae en un esposo, Zacarías, quien es probado con la mudez por su incredulidad ante las palabras del ángel del Señor. El temor, el sobrecogimiento ante la noticia en un primer momento, da paso a la actitud de obediencia al anuncio de Gabriel. Y es que el proyecto de salvación de Dios para su pueblo se va realizando en el interior de cada persona atravesando la duda, el temor y la inseguridad. Zacarías aprendió a transitar, a su modo y ritmo, por los caminos de la confianza en la promesa, de la paciencia en el ruego, de la adhesión a la Palabra. Isabel, desde la paciente espera en la vejez, creyendo fielmente en Dios y cumpliendo sus leyes, descentrándose para engendrar al “otro”, aguardando la visita de Dios siempre sorprendente.
En medio del mundo tan vertiginoso como el que vivimos es bueno reconocer cómo la impaciencia está en el origen de muchas de nuestras actitudes: en nuestro desarrollo personal, en los entornos interpersonales y laborales, en nuestra relación con la creación. La impaciencia condiciona sin duda el proceso, la capacidad de asombro desaparece, la incredulidad en la acción de la gracia se instala en muchas ocasiones, mientras que la exigencia, el propio reconocimiento y la inmediatez cobran terreno.
Ponerse en una dinámica de súplica y de espera, como Zacarías e Isabel constituye un verdadero desafío. Frente a la tendencia de ganárselo todo por el propio empeño, reclamando el protagonismo, esperando todo de sí, el evangelio nos invita a crear un espacio en nuestra vida para que lo imprevisible o lo esperado, sea, nazca, vea la luz.
Podemos detenernos un tiempo y pensar con Isabel qué cosas ha hecho por mí el Señor, cuándo se ha fijado en mí. Hacer resonar en nuestro interior las palabras dirigidas a Zacarías: “No temas, porque tu ruego ha sido escuchado”.



