En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
Es palabra del Señor
REFLEXION
El pasaje del Evangelio de san Juan que hoy contemplamos nos habla de una mujer mayor, Ana, aportándonos bastante información sobre su procedencia familiar y su biografía personal, en la que destacó su consagración a la oración, esa apertura a la gracia que le permitió "ver" en aquel Niño que presentaban sus padres en el templo, el cumplimiento de las promesas de Dios.
A los laicos nos interpela particularmente este pasaje, invitándonos a recordar nuestro Bautismo y a meditar sobre nuestra participación en la triple misión de Jesús: real, profética y sacerdotal. Misión compartida a la que todos estamos llamados sin importar nuestro estado, condición o edad: adultos, viejos o jóvenes, tal y como también acabamos de leer en la carta del evangelista. El apóstol nos desvela su sentido: hacer la voluntad de Dios para permanecer en él.
Y termino con una pequeña reflexión orante: hacer la voluntad de Dios no tiene como requisito sine qua non conocerla, solo pedir su asistencia para acogerla, sin poner obstáculos a la acción de su gracia en nosotros.
Adentrarnos en la órbita de la gracia en la que se encontraba aquel Niño Divino contemplado por los ojos limpios de Ana: lleno de fortaleza, sabiduría y gracia de Dios.
Que así adoremos a Jesús en el belén de nuestros hogares.
¡Feliz Navidad!



