A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Porque la mano del Señor estaba con él.
Es palabra del Señor
REFLEXION
El comienzo del evangelio de Lucas está enfocado a la preparación del nacimiento de Jesús, y para ello nos relata todo lo acontecido con la concepción y nacimiento de su precursor, Juan.
María que había visitado a su prima Isabel y se habían recreado, ambas, con la alegría de la concepción de María como madre del Mesías y del próximo alumbramiento de Isabel, a la que se consideraba estéril y en esa cultura era motivo de oprobio.
El nacimiento del niño supone una gran alegría para todos sus parientes y amigos, por lo que no llegan a entender por qué quieren llamarlo Juan, pues la tradición amparaba que se llamara como su padre.
La imposición del nombre de Juan suponía una rotura con la tradición, pero realmente auguraba el comenzar con algo totalmente nuevo, pues con la llegada de este niño comienza el Nuevo Testamento.
Esto no supone un rechazo a la “antigua alianza”, ya que es ella misma la que da paso a una nueva época. Zacarías al recuperar el habla, profetiza y da gracias a Dios anunciando lo que será el niño recién nacido.
La gente se preguntaba por el futuro del niño, pues los prodigios de los que habían sido testigos, vaticinaban que la mano de Dios estaba sobre él, pero lo que imaginaban se quedaba realmente corto para lo que en realidad supone la figura de Juan, al que llamarán el Bautista, para la historia de la salvación.
La nueva situación provoca dudas, pero va a dar paso a la salvación del género humano a través de la inmensa misericordia de Dios, encarnada Jesús



