Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Es palabra del Señor
REFLEXION
Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian.
El listón está bien alto. Tenemos que parecernos a Dios. Si amáis a los que os aman ¿qué hacéis de extraordinario?
Los mandamientos que el pueblo de Israel ha recibido, por medio de Moisés, marcan unos mínimos en referencia a los que tiene que vivir cada uno para agradar a Dios.
Cuando Jesús, el nuevo Moisés sube al monte de la Bienaventuranzas, se sienta para proclamar la nueva ley que ha de marcar la vida de los que forman el pueblo de la Nueva Alianza.
El modelo es el mismo Dios y su forma de actuar con nosotros, malos y buenos. Jesús está haciendo entender las actitudes concretas que se derivan del mandamiento nuevo de amor. Estamos llamados a hacer de lo que nos parece extraordinario, lo ordinario que marque nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Seguir a Jesús, ser de los suyos, significa querer vivir en una comunidad abierta a todos y comprometida con una mayor exigencia.
La Eucaristía que celebramos nos recuerda que somos el pueblo de Dios de la Nueva Alianza sellada en la sangre de Jesucristo.
Hemos entrado de lleno en la Cuaresma y siguen resonando las palabras que se nos decían al imponer sobre nuestras cabezas la ceniza: “conviértete y cree en el Evangelio”.
La conversión no es simplemente el propósito de intentar ser mejores en nuestro comportamiento diario, sino un cambio de mente y corazón.
No se trata ya de cumplir con los mandamientos, código moral siempre válido, sino de experimentar el amor de Dios como el mismo Jesús del Evangelio. Ese Dios que ama a todos: buenos y malos, porque es Padre de todos.
A él estamos llamados a parecernos. Cambiar de mente y de corazón supone aprender de la misericordia divina, para ser realmente misericordiosos. Si Dios nos ama a todos como Padre bueno, nosotros hemos de amarle a Él y amarnos y perdonarnos como verdaderos hermanos unos a otros.
El termómetro del amor es nuestra capacidad de perdonar a nuestro prójimo, setenta veces siete, que significa siempre. Así seremos verdaderamente dichosos y caminaremos en la voluntad del Señor.


