Palabra del Señor
REFLEXION
“No he venido a condenar sino a perdonar”; “Hay fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente”, “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”, “He venido a llamar a los pecadores”, “Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas”…
Y hoy hemos escuchado: “No te digo, Pedro, que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Pero a nosotros ¡cómo nos cuesta perdonar…! imposible si no dejamos espacio para que actúe la gracia, si no entramos dentro, si no miramos como ve Dios, si no iniciamos un proceso largo…si no descubrimos la divinidad de las personas. Desde luego, no es un sentimiento ni una emoción. Y, sin embargo, cuanto más conscientes seamos de que somos agraciados por la misericordia sin límites de Dios, más libres seremos para perdonar a quienes pecan contra nosotros.
La parábola del “rey perdonador” tiene como mensaje el perdón gracioso de Dios y la condición de que quien ha sido perdonado, perdone a su vez, para no anular la sentencia favorable que sobre él se ha dictado. Habla de la inmensidad de la donación de Dios entregándose a sí mismo a nosotros, entre otras formas en la de perdón generoso, trata de infundir alegría al hablar del amor de Dios. Pero éste exige contagio porque capacita para amar: amar al sentirse amado y una capacitación para perdonar al sentirse perdonado. Somos nosotros los que debemos descubrir ese amor y ese perdón y actuar de la misma manera.
La belleza de nuestra fe cristiana es que sabemos que Dios no nos perdona sólo una o dos veces; más bien, nos perdona cada vez que acudimos a Él con pureza de corazón. Jesús va mucho más allá de un perdón razonable para los estándares humanos y llama a sus seguidores a perdonar no sólo siete veces, sino setenta veces siete. Jesús enseña que el perdón que recibimos de Dios conlleva una responsabilidad: extender esa misma gracia a los demás cuando nos la pidan. En otras palabras, nuestra disposición a perdonar no debe tener límites. “¿no es necesario que tú te compadezcas de tu compañero como yo me compadecí de ti?”



