Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Es palabra del Señor
REFLEXION
Jesús nos avisa: en la cátedra de Moisés se han sentado los mensajeros de falsedades, furibundos defensores de la letra de la Ley, pero alejados de su cumplimiento.
Hay momentos en los que me siento identificado con escribas y fariseos: Me creo perfecto y exijo a los que me rodean que sean también cumplidores de esa ley que yo, en cierto modo me fabrico, a mí medida, claro. Atento a la literalidad de los mandatos, pero alejados, exigente en su perfecto cumplimiento, aunque no siempre la cumplamos nosotros.
Procuramos en público caminar con la cabeza baja, las manos unidas ante el pecho, con visos de humildad, pero muy atentos a las acciones u omisiones de los que caminan a nuestro alrededor, prestos a condenar a todos, pero muy atentos en aparentar piedad, devoción, humildad, y buenas maneras. Parece que vayamos pregonando nuestra perfección y descubriendo la imperfección de los que caminan a nuestro lado, tal vez en una fila de comulgantes.
En la segunda parte nos advierte de varios defectos que cometemos a diario y de los que no somos conscientes. Nos dice que no nos dejemos llamar “maestro” porque uno solo es el maestro; Acostumbramos a llamar “padre” a los ordenados que encontramos por la vida, cuando solo tiene derecho a ser llamado “Padre” el Creador. No nos hagamos importantes, que no lo somos, dejemos en casa nuestra vanidad y seamos humildes. Invitados al banquete, quedemos en el último asiento y puede que seamos enaltecidos llamándonos a un puesto más relevante.
Jesús nos insistirá siempre en el mismo punto: el humilde será enaltecido, el orgulloso auto enaltecido, terminará humillado. Vayamos, pues, en busca de la vida en Dios y dejemos al lado nuestro orgullo, nuestra soberbia, en definitiva, nuestra necedad. Caminemos hacia Dios por el camino que Jesús nos marcó.



