Primera lectura
Lectura del libro del Éxodo 19, 2-6a
Es palabra del Señor
Salmo
Salmo 99, 2. 3. 5 R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 6-11
Es palabra del Señor
REFLEXION
Iª Lectura: Exodo (19,2-6): La Alianza
Esta es la introducción al famoso código de la Alianza (Ex 19-24). Nos presenta una teofanía (manifestación de Dios) a Moisés que le va a comunicar sus decisiones más importantes y cultuales sobre el pueblo. Podría dar la impresión que nos encontramos con una tradición de tipo sacerdotal, pero se dice que aquí están mezcladas varias tradiciones del AT (J, E, L). Se defiende, en concreto, que estamos ante una tradición sagrada de Sinaí, preisraelita; sin duda algo de esto debe haber. Estamos ante unos textos que pretenden mostrar una identidad y una relación: la identidad de un pueblo que llega a convertirse en el confidente de Dios, que debe ser distinto de los demás pueblos, aunque no necesariamente para alejarse de ellos, sino para ser intermediario del mismo Dios con la humanidad. Por eso, Dios ha escogido a Israel y ha hecho Alianza con él, como hacían en la antigüedad los reyes y emperadores. El concepto ALIANZA es el hilo dorado del AT y la clave de la teología y espiritualidad de la religión de Israel. Esto no lo entendió siempre así Israel, pero se vieron obligados los profetas a recordárselo para desmitificar y exigir muchas cosas a este pueblo y a esa religión. En realidad, la verdadera Alianza es una desmitificación de lo sagrado, de lo santo, de externo, que exige relaciones más profundas entre Dios y los suyos.
El texto tiene una forma de presentar a Dios muy especial, como dueño y señor del pueblo que lo ha liberado de la esclavitud de Egipto y, como un águila majestuosa (cf también Dt 32,11), lo ha llevado por el desierto hacia El. Es como su presa, la que nadie le puede arrebatar. Se pone, como condición para no ser abandonado de nuevo en el desierto, el que escuchen su voz y cumplan su Alianza (las estipulaciones y preceptos).
La Alianza es la quintaesencia de la identidad del pueblo de Dios, por la que pasa a ser propiedad particular (segulah=posesión) de ese Dios, al que nadie podrá tocar. Todo eso se expresará con una fórmula que viene a ser proverbial: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo» y será una constante en la revelación bíblica (Ex 6, 7; Lev. 26, 12; Dt 26, 16-19, 29, 12; 2Sam 7, 24; Jr 7, 23). Pero, sin embargo, por muchas razones y por infidelidades manifiestas, en la historia religiosa israelita asistimos a la renovación de la alianza en los días mismos de Moisés (Ex 34,10-28); en tiempos de Josué (Jos 8,30-35; 24,1-28); en tiempos de David (2Sam 7,8-16; 23,5) y de Salomón (1 Re 8,14-29.52); sobre todo en el reinado del reformador Josías (2 Re 11, 17; 23, 1-33), y en los tiempos de la restauración posexílica (Neh 8,1-18). Pero las repetidas infidelidades del pueblo y los consiguientes castigos (2 Re 17,7-23; 23,26-27; Jer 22,9; Ez 16,15-52) hacen que los profetas anuncien una alianza nueva (Is 42,6; 55,3; 59,21; 61,8; Jr 31,31-34; 32,40; Ez 16,62; 36,24-28; 37,26-27; Mal 3,1). Esto es determinante, y por ello muchos profetas fueron rechazados. La Alianza, como la religión, no puede quedar petrificada, sino que debe ser algo vivo.
Por eso, el mito de un "reino de sacerdotes y una nación santa" no es profético. Los sacerdotes eran los que estaban al servicio de la santo, y lo santo es lo intocable. Es, pues, una teología de lo sagrado, de lo alejado de los otros pueblos y naciones. Y así, con el tiempo, fueron alejando también cada vez más a Dios hasta hacerlo inaccesible e impenetrable. Dios es santo, separado, qadosh, y así querían los sacerdotes que fuera el pueblo en cuanto "propiedad de Yahvé" (segulah). Pero sin duda que el Dios de la liberación de Egipto tenía para el futuro un proyecto distinto, más humano, donde la santidad suya y la de su pueblo no implicara necesariamente "exilarse" de la humanidad.
IIª Lectura: Romanos (5,6-11): muerte salvadora y reconciliadora
La IIª Lectura es uno de los textos más difíciles de esta carta de Pablo. Entre otras razones, porque los vv. 6-7 con que comienza la lectura de hoy plantea algunos problemas textuales que siempre han llamado la atención. Es verdad que no podemos discutir ahora si tienen el tono paulino de los versículos anteriores y posteriores. Algunos hablan de una glosa y eso se debe tener en cuenta. En todo caso intenta ser una explicación de por qué Cristo entrega su vida por los pecadores que somos nosotros. Lo normal, en todo caso, es morir por una persona de bien. Pero la humanidad se había apartado de Dios, estaba enferma, y Cristo ha querido dar su vida por nosotros. No ha esperado a que la humanidad se convirtiera a Dios o fuera santa e intachable.
En la línea de las lecturas de hoy se podría poner de manifiesto que el pueblo de Dios no ha podido lograr llegar a ser una nación sacerdotal y santa. Por el contrario, es el pecado el que se ha apoderado de este pueblo de Alianza. ¿Qué sucederá entonces? Según una cierta teología moral veterotestamentaria Dios debería haber destruido a este pueblo, eliminarlo de la faz del mundo y de la historia. Sin embargo, Dios no rompe su alianza y por ello, la muerte de Cristo viene a ser la prueba del amor de Dios por nosotros, por los judíos y los paganos, según la línea de pensamiento de San Pablo en la carta a los Romanos. La sangre de Cristo no debe interpretarse ya en la necesidad sacrificial del culto veterotestamentario, sino que su sentido es otro: Cristo ha dado su vida para la salvación y liberación de un nuevo pueblo.
En este contexto, pues, de Rom 5, se pone de manifiesto el amor de Dios como solución a la humanidad perdida. Cristo nos ha reconciliado. El tema de la reconciliación (katallagê o katallassô) es una de las vertientes de la teología paulina sobre la muerte redentora de Cristo, aunque no sea precisamente el más bíblico. Se reconcilian los pueblos o las ciudades enemigas. De hecho, Pablo entiende su misión de apóstol y enviado de Dios con la tarea de reconciliar (cf 2Cor 5,11-6,10). Lo más relevante es poner de manifiesto que en la reconciliación cristiana es Dios quien toma la iniciativa a todos los efectos. Por lo mismo, al hablar de enemigos, no es Dios enemigo de la humanidad, en todo caso sería la humanidad de Dios, aunque la expresión debe tener sus matices por el carácter simbólico que se ha querido dar. Si se habla de enemigos, pues, quiere decir que la reconciliación trae paz, justicia, fraternidad y comunión. Con ello se logra lo que la antigua Alianza no había conseguido, porque a Dios se le había alejado de la humanidad enferma. Y es Cristo quien ha acercado verdaderamente a Dios y a la humanidad.
