Palabra del Señor
REFLEXION
El texto evangélico trata del encuentro con Cristo de parte de dos apóstoles, Felipe y Natanael. El primero condujo a Natanael o Bartolomé, porque los dos nombres se utilizan para un mismo sujeto. Se trataba de dos personas versadas en el Antiguo Testamento, que todo él se desarrolla hacia un punto central: el Mesías que llegará.
Los devotos judíos frecuentaban la sinagoga que, además, estaba repartida por el mundo al servicio de los hebreos de la diáspora. En estos recintos de paz, oración lectura, cánticos, interpretaciones autorizadas, se reflexionaba, por encima de todo, del Salvador de su pueblo que llegaría.
Felipe y Bartolomé eran, no solo asiduos del lugar del encuentro común, sino discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret.
Se trataba de una figura hasta poco antes sumergida en el silencio, llevando una vida ordinaria en el hogar de José y María, humilde, obediente, abierto a todos, sin pretensiones políticas, muy centrado en la adoración de los designios de Dios y sediento de comunicar el camino que conduce a la vida. De Dios procedía por la mediación humana de María y el cuidado de José. A Dios conducía desde la vida temporal, pero conectada con la eterna como su verdadero objetivo.
Los dos apóstoles tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad en la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en el perdón, se suspiraba por ver la bondad de Dios en la tierra de los vivos.
No es extraño que Bartolomé preguntara a su amigo Felipe: «De Nazaret puede salir algo bueno? ¿Puede la bondad de Dios estar encerrada en un pueblo? Pero Felipe invitó a Bartolomé a comprobarlo: «Ven y verás». Pudo experimentar que Jesús lo conocía por dentro. Seguramente se llenó de rubor por lo que le decía: un israelita de verdad en el que no hay engaño.
Le bastó ver y hablar con Jesús para formular la más plena confesión: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Semejante confesión se llenó todavía de contenido al seguir al Maestro y anunciarlo, la tradición apunta a la India, Armenia, o zonas que bordean el Mar Negro.



