Palabra del Señor
REFLEXION
Jesús habla a sus discípulos mientras crece la tensión con quienes rechazan su mensaje. Por eso comienza con una advertencia contundente: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía». La imagen de la levadura es muy expresiva. Una pequeña cantidad basta para fermentar toda la masa. Del mismo modo, la falta de verdad y de coherencia puede infiltrarse poco a poco en la vida de una persona o de una comunidad.
Después Jesús enlaza esta advertencia con una llamada insistente a no tener miedo. En realidad, ambas cosas están profundamente unidas. Muchas veces las máscaras nacen del miedo: miedo a ser juzgados, a fracasar, a perder prestigio o a mostrar nuestra fragilidad. Quizá una de las palabras que más necesitamos escuchar hoy sea precisamente esta: «No tengáis miedo». Vivimos rodeados de incertidumbres personales, sociales y eclesiales. Sin embargo, Jesús nos recuerda que nuestra vida descansa en una providencia más grande que nuestros cálculos y preocupaciones.
El centro de este evangelio no es la denuncia, sino la confianza. Jesús llama a los discípulos «amigos míos» y les recuerda que el Padre cuida hasta de los pequeños pájaros y conoce incluso el número de los cabellos de su cabeza. Nada de nuestra vida le es indiferente. La fe no elimina las dificultades ni las incertidumbres. Pero nos permite afrontarlas desde otro lugar. Quien se sabe amado no necesita vivir de las apariencias. Puede reconocer sus límites sin sentirse derrotado. Puede mostrar su verdad sin miedo a perder su dignidad.
La Palabra nos invita hoy a mirar con sinceridad nuestro corazón. ¿Qué miedos condicionan nuestras decisiones? ¿Qué imagen de nosotros mismos seguimos intentando proteger? ¿Qué espacios de nuestra vida necesitan más verdad? El Señor no responde a estas preguntas con reproches, sino con una promesa. Nos asegura que somos valiosos a sus ojos, infinitamente más de lo que nosotros alcanzamos a comprender.
Quien se sabe sellado por el Espíritu y cuidado por el Padre puede vivir con el corazón abierto. Sin máscaras o perfiles inventados. Sin miedo. Con la serenidad humilde de quien ha descubierto que toda su vida está sostenida por el amor fiel de Dios. Y será libre para amar, con sinceridad y verdadera generosidad, como Dios ama.



