Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Todos somos discípulos de Emaús. Todos sentimos la necesidad de ser acompañados en la desolación y en las crudas experiencias que tenemos que afrontar. Por eso, este pasaje del evangelio de San Lucas, extremadamente elocuente, conviene saborearlo con calma, a solas o en común, pero siempre muy metidos en él.
Aquel día de Pascua, la desilusión y la frustración carcomían a los dos que determinaron retomar su vida y quehacer ordinario. Y la conversación entre ambos, engañosamente parece sostenerlos en su decisión. Nada esperaban ya. Pero siempre Dios sorprende y ellos fueron sorprendidos por la pregunta de un desconocido: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Así comienza su sanación interior. La pregunta de Jesús busca que saquen fuera de ellos sus frustraciones y lo hacen contándole a este desconocido sus sufrimientos. El escucha pacientemente y cuando todo queda manifiesto, comienza su labor regeneradora.
Lo hace mientras van caminando. Jesús actúa en la historia concreta de cada uno, iluminando, explicando, abriendo el entendimiento a la comprensión de la verdad. Es la realidad personal de cada uno la que se convierte en lugar de su actuación. Tiende su mano al abatido y desesperanzado, llevándolo a recuperar el sentido de su vida, descubriendo la novedad a la que es llevado.
Y acontece sentados a la mesa, con un signo que revela la identidad de aquel desconocido. Lo reconocen al partir el pan. Y la sanación ha acontecido y la reconocen ellos también: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Ha cambiado su situación, la desolación ha desaparecido y la frustración ha sido superada por la verdad: Ha resucitado el Señor.
El encuentro los motiva y hace sentir la necesidad de contarlo a los demás. Esto no se puede producir sino a partir del encuentro con el Resucitado. Toda conversión acontece por el reconocimiento del Señor que vive y hace vivir. Hay que contarlo a los demás para inducirlos a llegarse a él. El que vino a nosotros se convierte en camino para llegar a la plenitud que ofrece a todos.
¿Cómo vivo en mi existencia la Pascua?
¿Cómo llevar a este mundo la verdadera alegría que sólo en él se puede encontrar?



