Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.
Palabra del Señor
REFLEXION
El Evangelio de hoy nos presenta a un joven bueno, religioso y cumplidor que se acerca a Jesús con una pregunta que sigue siendo nuestra propia pregunta:«?que debo hacer para alcanzar la vida eterna?». No busca ni riqueza ni poder; busca sentido y plenitud para su propria existencia. Sin embargo, cuando Jesús le invita a vender sus bienes, darlos a los pobre y seguirle, este se entristece.
La tristeza de este joven no nace de la exigencia de Jesús, sino de su capacidad para desprenderse de aquello que ocupaba el centro de su vida. Había cumplido los mandamientos, pero todavía no había entregado a Dios su corazón. El Señor no le pide simplemente algo exterior, sino que le invita a una libertar más profunda.
San Juan Crisóstomo observa que Jesús no comenzó pidiéndole que abandonara sus bienes: primero lo condució por el camino de los mandamientos para mostrarle que todavía le faltaba algo. Según el S. Juan, Cristo revela que la verdadera perfección no consiste solo en evitar el mal, sino en amar hasta el punto de compartir con los necesitados y poner toda su confianza en Dios. El problema no era poseer riquezas, sino ser poseído y esclavizado por ellas.
El pensamiento sociológico actual nos enseña que la verdadera felicidad consiste en acumular, asegurar, controlare todo y todos y así creamos la idea de que cunando mas dinero tenemos, más reconocimiento nos dan y más comodidades disfrutamos, más felices somos. Sin embargo el evangelio nos muestra que la abundancia de bienes no garantiza la libertad de corazón.
En muchas ocasiones, también nosotros nos parecemos a este joven, pues cumplimos con nuestras obligaciones religiosas, participamos en la vida de la Iglesia y procuramos vivir honestamente, pero Jesús sigue preguntándonos qué es aquello que nos cuesta entregar: alguna seguridad, algún proyecto personal, algún problema, un miedo o una comodidad nuestra que nos impide seguirle ms de cerca.
Cristo no viene a quitarnos la alegría, sino a liberarnos de todo aquello que nos impide alcanzarla plenamente. Solo un corazón desprendido puede seguir al señor con verdadera libertad y así experimentar la alegría del Evangelio
Pues, hagamos esta pregunta a nuestro corazón: ¿Qué riqueza, material o espiritual, ocupa hoy tanto espacio en mi vida que me dificulta escuchar y responder a la llamada de Jesús?



