(Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta).
Es palabra del Señor
REFLEXION
Aunque sabe que le va en ello la vida, Jesús se niega a responder a la plana mayor de los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores.
Sencillamente no los reconoce como verdaderos interlocutores, porque no son sinceros: no se dejan interpelar por la Palabra de Dios, que anunciaron los profetas, y no dicen lo que les dicta su propia conciencia.
Simplemente dicen en cada momento lo que les conviene y subordinan la Palabra de Dios a sus intereses egoístas.
En tales condiciones no hay diálogo posible ni con los demás ni con Dios. Quien rompe el diálogo no es Dios, sino el ser humano.
Somos nosotros. Invocamos a Dios cuando nos conviene. Y dejamos en el olvido páginas enteras del evangelio porque no coinciden con nuestros cálculos miopes y egoístas. De esa manera nos aislamos de Dios y no realizamos un verdadero servicio a los demás.
Por parte del Señor, no se trata de una condena definitiva. Pero sí es un toque de atención muy serio para todos los que tenemos frecuentemente en los labios el nombre de Dios.



