Palabra del Señor
REFLEXION
En su evangelio, Mateo presenta reunidas unas cuantas parábolas de las que Jesús pronunció. El Maestro, tan atento a la vida cotidiana, a la naturaleza y sus procesos, utiliza imágenes y experiencias que sus oyentes conocen bien o que han vivido.
Las dos parábolas de hoy nos remiten, por una parte, a considerar la desproporción que hay entre una realidad inicial y en sus posibilidades alcanzadas al final. Son procesos naturales: una semilla o la levadura tienen la fuerza dentro de sí mismas para posibilitar el cambio. Pero en esos procesos naturales hay una desproporción: entre la pequeñez de la semilla (“es la más pequeña”) y la hortaliza madura como “un árbol en el que vienen los pájaros del cielo a anidar”; o también entre una medida de levadura y las tres medidas de harina. ¿Cómo tomar conciencia de que esa misma desproporción es la que hay entre nuestra vida, nuestras realidades, nuestras maneras de obrar y de vincularnos, cuando se cierran en sí mismas y lo que el Reino es capaz de provocar en ellas cuando se abren a él?
Otra nota que estas parábolas destacan es la gratuidad. El crecimiento es un don, es gratuito. No es el sembrador el que logra que la semilla engendre el tallo, el tronco, las ramas y los frutos; y la mujer, una vez que amasó, nada puede hacer con la masa: solo esperar. Los protagonistas tienen su responsabilidad, pero no son ellos quienes dan el crecimiento. La transformación de nuestra vida, de nuestras comunidades y de nuestra sociedad, la conversión de nuestras relaciones y de nuestras estructuras tiene una obligada participación humana, pero el crecimiento y el cambio lo produce el Espíritu. ¿Cómo lograr ese equilibrio entre comprometernos y poner de nuestra parte lo que nos toca y abrirnos a la novedad del Espíritu? Si no están ambas, el Reino no crece…
Por último, estas parábolas destacan la invisibilidad, la discreción con la que acontecen estos procesos de crecimiento. Se gestan en lo secreto, casi imperceptible o misteriosamente. En efecto, no llegamos a ver cómo la levadura provoca internamente ese crecimiento en la masa o con qué mecanismos interiores la semilla genera esos procesos tan determinados. ¿Será que, como el apóstol Tomás, si no los vemos… no les creemos? ¿es posible que nuestra practicidad técnica nos haya acostumbrado a que si no podemos manipular estos procesos, ni verlos ni controlarlos…no les damos real cabida?
En fin, si Dios nos regala conocer los secretos del mundo en su misterio… Aún asi tenemos que desaprender todo lo acostumbrado.
¿Cómo no dejarnos enseñar y convencer?


