Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar.
Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Uno de los mensajes de salud más repetidos -y con razón- es la necesidad que tenemos de aprender a comer bien. Las desastrosas consecuencias para la salud de ingerir “comida basura” (en Paraguay: “comida chatarra”), nos advierten que lo fácil, gustoso, atractivo y rápido a la hora de consumir, no es lo sano, necesario y nutritivo.
Este principio vale también para la vida espiritual. En el evangelio de hoy, vemos cómo Jesús lanza una pregunta indiscreta e interpelante y descubre un propósito errado en los que tienen interés por él.
Después de la multiplicación de los panes, ante la ausencia de Jesús y sus discípulos, la gente se lanza en su busca, incluso atravesando el lago de Tiberiades. Tienen, pues, un gran deseo de ver a Jesús y se toman el esfuerzo.
Pero Jesús les discierne ese deseo y esa búsqueda: “Os aseguro que me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre Dios”.
Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado
Retados los oyentes a plantearse su intención y deseo de Jesús a un nivel más profundo, le preguntan: “¿Cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?” Quizás pensaban en duras mortificaciones, o en otro tipo de austeridad o fidelidad legalista a la Ley de Moisés, pero Jesús es taxativo: “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado”.
Por supuesto, que creer en Jesús, va a suponer también vivir en su seguimiento, porque fe sin obras es una fe vacía y falsa, está muerta (Sant 2, 14-26). Pero la raíz del seguimiento mismo es esa amistad confiada con la persona de Jesús, que hace de la vida de cada uno un convivir con él, y que nos lleva a ir asumiendo, por la acción del Espíritu Santo, sus maneras de pensar, sus maneras de sentir, sus maneras de relacionarse y sus maneras de actuar.
En la primera lectura, se nos ofrece un ejemplo de lo que es un verdadero discípulo; de alguien “que ha trabajado por el alimento que perdura” porque ha creído y seguido a Cristo: Esteban, el primer mártir de la Iglesia. No olvidemos, que “mártir” significa testigo: alguien que con su vida, sus palabras, su acción e, incluso, su muerte, atestigua, testifica, hacer ver claro que Jesús es el pan nutriente de la vida que no tiene fin.
Por eso, y como eco de la palabra de Dios, hagamos nuestra la oración del salmo responsorial:
“Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad
Escogí el camino verdadero,
y deseé tus mandamientos.”
¿Busco a Jesús? ¿Por qué lo busco? ¿Cómo lo encuentro? ¿Trabajo por encontrarlo y hacerlo mi centro y guía?



