En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».
Es palabra del Señor
REFLEXION
El Evangelio de hoy no es un consejo piadoso ni una sugerencia opcional: «Este es mi mandamiento: que os améis» y no con un amor cualquier sino «como yo os he amado». Aquí está la medida del amor.
Pero el amor de Jesús no es un sentimiento superficial, sino un amor que se arrodilla, que toca las heridas, que perdona cuando duele y que permanece cuando otros se van- Es un amor que llega hasta el extremo, hasta dar la vida.
Jesús da un paso audaz: «Ya no os llamo siervos… os llamo amigos». La relación con Dios deja de ser la de quien obedece por miedo o por obligación, y se convierte en la de quien vive desde la confianza y la intimidad con Él, porque el amigo no cumple órdenes ni vive en la distancia sino que comparte el corazón y entra en la vida del otro.
Pero ojo: esta amistad no es cómoda ni decorativa, exige que vivamos plenamente y por eso Jesús dice: «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Es decir: la amistad con Jesús nos compromete, nos implica y nos saca de la pasividad. Por eso, no basta con sentirnos cerca de Jesús; hay que vivir como Él.
Y así, esta es una frase deberíamos llevar en el corazón: «No me habéis elegido vosotros a mí; soy yo quien os he elegido». Nuestra fe no es iniciativa nuestra, es una llamada. Fuimos llamados a ir y a dar fruto y no un fruto cualquier, sino un fruto que permanezca y que es capaz de transformar vidas.
Así que nos podemos preguntar: ¿Nuestro amor deja huella o pasa sin tocar a nadie? ¿Nuestra fe genera vida o se queda solo en las palabras?
Y Jesús lo resume todo al final: «Amaos los unos a los otros». Porque al final, lo único que permanecerá no serán nuestras obras brillantes ni nuestros discursos, sino el amor concreto que hayamos vivido y es ese amor el que nos salva.
La fe auténtica une discernimiento y amor: escuchar el Espíritu y amar con la medida del amor de Jesús, sin cargar a los demás con pesos innecesarios.
Preguntémonos: ¿Nuestra manera de vivir la fe alivia la vida de los demás o la complica?



