Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Es palabra del Señor
REFLEXION
Ambos coinciden también en muchas cosas: Ninguno promueve un culto a su propia personalidad: recuerdan una y otra vez, su incomprensión y su traición a Jesús, en el caso de Pedro y su etapa de perseguidor encarnizado de los cristianos y sus debilidades personales en el caso de Pablo. Lo que les preocupa y les ocupa a ambos es que Cristo sea conocido, amado y seguido, que su Reino llegue hasta el confín de la tierra.
Han experimentado que todo en su vida ha sido regalo, gracia. No han sido ellos quienes han escogido a Jesús. Él los ha escogido, para que den fruto y su fruto dure. Se sienten gratuitamente amados sin medida y saben que, incluso, es una gracia del Espíritu Santo la fe, la esperanza y el amor que capacitan su respuesta personal, sincera y comprometida hasta la muerte, por Aquel que los amó primero.
En Pablo, un apostolado que brota del amor: “Vivo yo, pero no yo. Es Cristo quien vive en mí”(Gal 2, 20). En Pedro un amor que se demuestra y vive en el apostolado: “Pedro ¿me amas? Apacienta a mis ovejas” (Jn 21, 15-17).
En nosotros: sus figuras distintas, pero no distantes, unidas por Cristo, la comunión y la misión, son un ejemplo y estímulo, apoyados en su oración intercesora ante Dios.
¿Conozco bien a San Pedro y a San Pablo según los testimonios sobre ellos en el Nuevo Testamento? ¿Qué me sugieren las figuras de san Pedro y San Pablo? ¿Qué nos pueden enseñar para renovarnos como cristianos y como Iglesia?



