En aquel tiempo, Jesús dijo:
«Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».
Palabra del Señor
REFLEXION
Una vez más Cristo destapa ante los fariseos su realidad: cumplen las normas, pero desatienden lo importante: la justicia, la misericordia, la lealtad a Dios. A los ojos de los demás son perfectos, cumplidores de la ley, escrupulosos; pero a los ojos del Señor no lo son. Jesús los compara a una copa limpia por fuera, pero sucia por dentro, en otras ocasiones les llamará “sepulcros blanqueados” ¿Y de qué sirve el aparentar una cosa si luego somos otra muy distinta? ¿A quién pretendemos engañar?
Hay que cumplir la ley, no hay que desatender las obligaciones, pero nunca debemos olvidar que lo importante son las cosas del alma. De nada me servirá ir a misa todos los días si estoy peleado con mi hermano. Poco me aprovechará darme golpes de pecho si soy injusto con mi vecino. Nuestros actos externos deben ser reflejo de nuestro interior, tiene que haber unidad entre lo que somos y lo que los demás ven de nosotros.
Si nuestra copa está limpia por dentro también lo estará por fuera, es decir: si nuestro corazón está con Dios, no nos costará ningún trabajo cumplir con las leyes. Y si practicamos la misericordia con los demás brillaremos sin darnos cuenta. Si somos leales con Dios todo lo demás nos vendrá dado sin esfuerzo. No podemos pretender engañarnos a nosotros mismos diciéndonos “voy a misa, hago ayunos, doy limosnas, cumplo con lo que me mandan” y luego guardar rencor con el prójimo, estar vacío por dentro.
Hagamos examen de conciencia, miremos a nuestro interior, “limpiemos” nuestro plato y nuestra copa por dentro y así nos podremos sentar a la mesa del Señor con la alegría del que tiene una conciencia limpia, y pone el amor a Dios y al prójimo por encima de todas las cosas.



