En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Palabra del Señor
REFLEXION
Este texto se considera como el programa del ministerio de Jesús al comenzar su misión pública. Se apoya en Isaías 61, 1-2, y en Isaías 58,6, pero omite algunas frases, como ésta: “[proclamar] …un día de venganza para nuestro Dios”.
Si los oyentes, que conocían muy bien el texto, se sentían extrañados de que el antiguo vecino, convertido en Rabí, modificara leve pero provocadoramente el cántico profético…, quedarían atónitos cuando el Maestro dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Probablemente, atribuirían esta frase a algún recurso de retórica: “¡Qué bonito habla este predicador!... ¿qué cosas interesantes seguirá diciendo para que le escuchemos?”…
En esta alocución en la sinagoga de Nazaret, Jesús no solamente expone su programa de misión en este texto, sino que también actúa de forma sintética el drama de su ministerio mismo. Que esto acontezca en sábado insinúa que, en realidad, el texto de Isaías enumera y anticipa las actividades que Jesús, movido por el Espíritu, realizará en sábado, provocando la inquietud y la incomprensión de Israel.
Después de esto, Jesús se presenta como el profeta rechazado (“ningún profeta es aceptado en su pueblo”), mostrando que Dios es para todos y quiere salvar a todos, partiendo desde los que más sufren, y que la lógica del privilegio de los cumplidores perfectos no tiene cabida en el corazón del Dios …
¿Nos extraña que lo quieran despeñar? En realidad, esto evidencia, desde el comienzo, la ruta de la predicación de Jesús: en las palabras y en los hechos…
El Espíritu del Señor trabaja en el sentido de restablecer la vida frágil para volverla fuerte en Dios, trabaja en la universalidad de la llamada, porque lo que busca es simple disponibilidad –y en ésta no hay distinción de razas ni culturas– y trabaja para mostrar que el Amor de Dios es eterno y previo a todo mérito humano.
El evangelio de hoy también nos interpela a nosotros: ¿cómo reaccionamos ante este anuncio programático de Jesús? ¿Aceptamos que Jesús se abra a otros, más necesitados y nos invite a sumarnos a esa apertura? ¿O preferimos quedarnos en nuestras tierras ya conocidas, en nuestras vidas ya acostumbradas, en nuestros círculos ya sellados…?
El Espíritu del Señor sigue actuando hoy y sigue queriendo estar sobre ti y sobre mí… ¿lo acogemos?



