Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Es palabra del Señor
REFLEXION
No hay peor sordo que aquel que ni quiere ni sabe escuchar. Esto les pasaba a los judíos que le preguntan a Jesús y lo hacen precisamente en el Templo. Tienen su corazón cerrado a la continua novedad de un Dios que se hace presencia integral en Jesús.
En contrapartida, el Señor explica a los judíos y a nosotros lo que significa ser cristianos, pertenecer al Señor: ser ovejas de su rebaño es darnos cuenta de que nos ha elegido, que está pendiente de nosotros, que nos conoce y nos quiere como ni siquiera nosotros podemos experimentar, que nos enseña una Verdad que da sentido a la vida, que Salva con esa salvación que es para siempre.
Y, además, el Señor concluye con la gran Revelación: Dios y yo somos uno. No es solo el Camino, no solo habla proféticamente. El Dios Eterno, Creador, Omnipotente se hace presente en Él: “Yo Soy” y esta Revelación hace que ese amor que experimentamos llegue a plenitud en nuestro ser y en nuestra vida.
Para la reflexión
Jesús nos conoce. Y nos conoce a fondo. Me preguntaba […]: ¿hay alguien que me conozca como Jesús me conoce? Es una pregunta que nos podemos hacer todos nosotros. Mi respuesta personal es que nadie me conoce con la profundidad y la verdad con que Él me conoce. En lo bueno y en lo menos bueno. Nadie como Él conoce todos los gestos de bondad, de entrega, de disponibilidad de que somos capaces, y que tantas veces quedan ocultos a miradas ajenas. Y nadie como Él conoce lo que nos duelen nuestros fallos de todo tipo y la impotencia que sentimos cuando queremos mejorar o cambiar y no podemos. Nadie como Él conoce las alegrías íntimas por sencillos gestos de amor y nadie como Él conoce el sufrimiento de fracasos, incomunicaciones, decepciones… especialmente en las relaciones humanas. (Darío Mollá, S.I)



