En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
Palabra del Señor
REFLEXION
La reciente visita del papa León XIV a España y, muy especialmente, sus palabras, nacidas de la Verdad del Evangelio, no han dejado a nadie indiferente. Y es que hay autoridad que obliga simplemente a actuar como se te indica y autoridad que te convence no solo por las palabras sino por el ejemplo de quien la ejerce. Y así es la de Jesús en el Evangelio.
El Señor no deja a nadie indiferente. Dios se hace presente no solo en sus discursos sino en su vida de cada día. Contra él nada ni nadie puede. Ni aún los espíritus malignos, esos que minaban la vida de aquel hombre de la sinagoga y de tantas y tantas personas que experimentan el mal en su vida y en la de tantos que les rodean.
Jesús asombra, genera fama, seguidores… pero sobre todo hace presente en sus palabras de Vida y de Verdad, en su entrega amorosa y sin condiciones a los hombres que Dios está con él, que su persona es un referente de sentido entonces y ahora para una humanidad anclada en una encrucijada y de la que no sabe salir.
TEXTO PARA LA REFLEXIÓN
«Una lectura atenta de la historia lo confirma. Incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La memoria de los santos y de los justos, de los constructores de paz a menudo olvidados, muestra que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien. Los cristianos ven las tinieblas y las llaman por su nombre, pero no se quedan paralizados contemplándolas: conocen la luz y saben que las tinieblas no la recibieron y no pueden vencerla (cf. Jn 1,5). Por eso, sirven al bien incluso donde el dolor parece tener la última palabra, sostenidos por una esperanza teologal que da a la realidad un horizonte y una dirección.»
(León XIV, Magnifica Humanitas. 211)



