10/5/21

EVANGELIO MARTES 12-05-2021 JUAN 15, 5-11 SEXTA SEMANA DE PASCUA

 



 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

                         Palabra del Señor

REFLEXION:

Jesús se va y el corazón de los discípulos se llena de tristeza. Es normal. En él habían encontrado no solo la orientación y la guía para seguir el camino. También habían encontrado la comprensión y la misericordia ante sus debilidades. Con Jesús habían experimentado la grandeza del corazón-amor de Dios que nos ama más allá de cualquier límite, más allá de todas nuestras miserias. Con Jesús se habían sentido fuertes y capaces de transformar el mundo. 

      Pero ahora se va. Se quedan solos. Cunde el desánimo entre sus filas. ¿Qué van a hacer? El líder desaparece y parece que nada tiene ya sentido, que el camino que habían comenzado con Jesús no conduce a ninguna parte y que más vale volverse a casa. El sentimiento de fracaso les embarga. 

      Pero Jesús promete que les va a enviar su Espíritu. El Espíritu les dará fuerzas. El Espíritu les ayudará a encontrar el camino. Nos podemos imaginar el Espíritu como una aparición que continuamente les va a decir lo que tienen que hacer. Pero eso sería caer en el infantilismo. Y lo último que Dios quiere es que nos convirtamos en unos niños eternos que necesitemos siempre de la mano que nos lleve y nos guíe. Dios nos quiere adultos, libres y responsables de nuestras propias decisiones, capaces de arriesgar y, por supuesto, de equivocarnos y de volver a empezar. El Espíritu no está para decirnos lo que tenemos que hacer en el minuto siguiente sino para ayudarnos a crecer y a tomar nuestras propias decisiones. El Espíritu nos ilumina el horizonte al que nos tenemos que dirigir: el Reino, la fraternidad y la justicia de los hijos e hijas de Dios, donde nadie está excluido. Y nos anima a ir haciendo nosotros el camino, a ir tomando las decisiones que vayan haciendo de este mundo la casa de todos los hijos e hijas de Dios. El Espíritu no es una vocecita sino una llama que incendia nuestro corazón y nos anima a crecer y vivir en libertad al servicio del Reino. 

Fernando Torres cmf


9/5/21

EVANGELIO LUNES 10-05-2021 JUAN 15, 26-26 SEXTA SEMANA DE PASCUA

 



           En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.
Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho».

Palabra del Señor

REFLEXION :

 Por muy paradójico que nos pueda parecer, quizá el primer testimonio que podemos dar de Jesús es dedicar tiempo a la escucha, a dejar que sea el otro el que nos cuente, nos hable de su vida, de lo que son sus problemas, sus dolores y también sus gozos y sus esperanzas. Por muy paradójico que nos pueda parecer, lo primero no es hablar, no es invadir al otro con nuestras razones, con nuestras ideas, con nuestras creencias sino guardar silencio y abrir los oídos y el corazón para empatizar con el otro, para sentir con él, para dejarle hueco para que hable y se exprese sin estar pensando en cómo interrumpirle para decir eso tan importante que tenemos que decir. 

      Al final, hacer eso no es más que hacer lo que hace el mismo Dios con nosotros, que antes de nada se acercó a nosotros y compartió nuestro pan y nuestro vino, nuestros caminos y nuestras vidas. Se hizo uno de nosotros. No invadió nuestra intimidad sino que se dedicó a escuchar, a comprender, a entender. 

      Que como Pablo seamos capaces de trabar conversión, de acercarnos a todos y escuchar para atender sus necesidades, para echar una mano, como lo haría Dios mismo. Que seamos capaces de atender al Espíritu que, en su silencio, nos da testimonio del Dios que siempre nos escucha, nos cuida y siente con nosotros. 

Fernando Torres cmf


8/5/21

EVANGELIO DOMINGO 09-05-2021 SAN JUAN 15, 9-17 SEXTA SEMANA DE PASCUA

 



      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

            Palabra del Señor

REFLEXION:

   La primera gran palabra que existió jamás, y origen de todas las palabras bellas y de todas las cosas buenas es «amor».

En el principio fue el Amor de Dios. Y como el Amor es comunicación y expresión, el Amor se puso a hablar y a cambiarlo todo: fue vencido el caos, el desorden, la oscuridad, y creó la luz, la vida, el equilibrio, el paraíso... y al ser humano para que recibiese todo lo que él era y daba, y lo hizo capaz de entregarse, dialogar, fundirse y amar. Y como todo era fruto del Amor, todo era muy bueno. El Amor sigue diciendo muchas veces «hágase», y lo hace todo bueno, vital, luminoso, humano.

                   Cuando decimos que Dios «es» amor, estamos diciendo que Dios «ama», que está hecho de amor, que sólo sabe y sólo puede amar, y que todo lo que hace es por amor, para hacer crecer el amor, para sostener el amor, para hacer posible el amor.  El amor es lo que está detrás y antes de mi nacimiento. Él me amó y quiso que yo existiera. Y el amor será el abrazo final que recibiré cuando se acabe mi existir. Y entre el nacimiento y el descanso eterno, el amor es la «fórmula secreta» para llenar de sentido la vida y hacerla fecunda.

          Si esta es la «definición» de Dios, quiere decir que donde está Dios, allí hay amor. Por tanto, todo el que se acerque a Dios tiene que amar, porque el amor lo empapa y lo envuelve y sale siempre hacia afuera, se expande, se multiplica, se contagia.

Cuanto más cerca está uno de Dios, más tiene que notarse por su amor; todo el que es tocado por Dios, aunque no se haya dado cuenta, aunque diga que no cree en Dios, se habrá contagiado de amor y esto vale para todos y para siempre... porque nada ni nadie existe sin el amor de Dios.

      Nadie puede decir con verdad que ha visto a Dios, que conoce a Dios,  que cree en Dios, que ama a Dios, que ha comulgado el sacramento del amor, que ha hablado con Dios... si su corazón está frío, duro, violento, egoísta, si es individualista, si su corazón hace distinciones, si ama selectivamente, si ama exigiendo correspondencia, si ama poseyendo y dominando, si ama absorbiendo o aislando, si ama con celos, controlando.

     «Dios es amor» quiere decir también que donde hay amor allí está Dios.

Me resulta muy significativo que Jesús, después de esa «declaración» amorosa hacia sus discípulos, después de llamarles «amigos», de revelarles su intimidad, y todo lo demás, no reclama amor hacia sí mismo. Habría sido lógico oírle decir: «Amadme así también vosotros». Pero no: la prueba de que le amamos a él, de que hemos acogido y valorado su amor... es el amor que nos tengamos entre nosotros. Sorprendente exigencia. La señal de que amamos a alguien (incluido Dios), es que creamos alrededor comunión, comunidad, fraternidad. Sentimos la necesidad de que también los que estén a nuestro alrededor se amen y se sientan amados. Todavía más: que cualquier hombre o mujer se sienta amado, y con más razón aquellos que andan escasos o más necesitados de amor: los enfermos, los hambrientos, los que viven sin dignidad, los fracasados en la vida, los que no pueden estar en su tierra, los sometidos, los enfermos, los mayores, los emigrantes sin recursos..

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf


7/5/21

EVANGELIO SABADO 08-05-2021 JUAN 15, 18-21 QUINTA SEMANA DE PASCUA

 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.
Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

                   Palabra del Señor

REFLEXION:

El texto del Evangelio de hoy –Jn 15, 18-21- es una advertencia de Jesús a sus discípulos: el odio y el rechazo del mundo. Lo distintivo de la comunidad cristiana es el amor; lo distintivo del mundo es el odio. El mundo odia a los cristianos por sus principios y sus opciones de vida. Para el mundo los cristianos somos gente extraña y enemiga, puesto que nuestra vida es una continua acusación contra sus obras perversas y un reproche elocuente contra los malvados.

¿Cómo se manifiesta este odio? Las persecuciones, la incomprensión, el rechazo, la indiferencia, la hostilidad, la crítica despiadada… Los medios de comunicación social, por ejemplo, cuantas veces descalifican de forma sutil el estilo de vida de los cristianos; cuantas críticas malintencionadas a planteamientos cristianos; descalificaciones de Obispos, sacerdotes, laicos comprometidos. En nuestra sociedad mucha gente considera a los cristianos anticuados, como pertenecientes a una época pasada de la que ya nos hemos despedido, como reliquias del pasado. Y en muchos cristianos puede surgir el peligro de vivir según los criterios del mundo por miedo a ser perseguidos, señalados con el dedo, a que les saquen de su zona de confort. La tentación de la mundanidad, de la que habla el Papa Francisco, es sutil, se cuela por las rendijas de nuestra vida y sin darnos cuenta modifica nuestros criterios de actuación alejándonos del Evangelio.

La suerte de los cristianos es idéntica a la de Jesús: si Él fue perseguido, seremos perseguidos; si fue exaltado, seremos exaltados; si fue escuchado, seremos escuchados. (Es interesante leer en esta clave el Libro de los Hechos de los Apóstoles que la Iglesia nos propone como primera lectura durante este tiempo de Pascua). Somos seguidores del Resucitado que murió en una Cruz y no podemos olvidarlo. Jesús es el espejo donde nos debemos mirar y el modelo que debemos imitar.

La fidelidad a Jesús nos va a complicar la vida muchas veces. Lo fácil es hacer lo que todos hacen, decir lo políticamente correcto o guardar silencio con el pretexto de ser prudentes. Pero muchas veces la prudencia es temor y miedo ante los golpes que nos puedan venir. Jesús nos ha elegido para una misión concreta ser levadura en la masa y sal que sala. Jesús desde el principio dejó claro cuáles eran sus intenciones, lo que exigía y lo que ofrecía a sus seguidores. No podemos esperar el aplauso de un mundo que lo rechazó antes a Él. Si estamos unidos a Él que es la vid, también estaremos expuestos al rechazo que él mismo sufrió y al triunfo que el Padre le otorgó. Por eso “si morimos con Él, viviremos con Él; si sufrimos con Él, reinaremos con Él”.

Si hoy renovamos seguir a Jesús, no olvidemos que algunas veces vamos a sufrir persecución, pero recordemos que después de la muerte viene la Resurrección. Pero si decidimos seguir el camino de la mundanidad pasaremos un rato de diversión pero después sentiremos el vacío en nuestro corazón.

José Luis Latorre
Misionero Claretiano



6/5/21

EVANGELIO VIERNES 07-05-2021 JUAN 15, 12-17 QUINTA SEMANA DE PASCUA

 



           En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Palabra del Señor

REFLEXION:

La regla de oro de la Antigüedad era amar a los demás como a uno mismo. Jesús dice que hay que amar “como yo os he amado”. El ideal del amor es vivir como vivió Jesús que llegó a la cima de este amor entregando su vida en la cruz por todos sin distinción. Esta es la “novedad” –“un mandamiento nuevo os doy”-. Es un mandamiento típico e inconfundible que supera toda regla humana. Pero dar la vida no es solo morir por el hermano si se presenta la ocasión, sino gastar la propia vida para que sean felices los que viven junto a mí; soportar las malas caras, aceptar los límites del carácter de los demás, no extrañarse de sus contradicciones ni de sus pecados, aceptar a mi prójimo tal como es y no tal como debería ser o me gustaría que fuera, poner al otro por encima de mí mismo, procurar el bien del otro por encima de mi propio bien. Y esto como valor fundamental de la vida.

Quien vive el mandamiento del amor como lo vivió Jesús es su verdadero y auténtico amigo: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Esta es la verdadera amistad. Esta es la amistad que tenemos que vivir los que nos llamamos discípulos suyos. Para vivir una amistad así hay que estar muy unido a Jesús –la vid-. Como dice Santa Teresa de Lisieux: “Cuanto más unida estoy a él (Jesús) tanto más amo a mis hermanas”.

La práctica del mandamiento nuevo hace nuevo al mundo, lo renueva, lo cambia, lo transforma. La mayor contribución de los cristianos a la sociedad es la vivencia y el testimonio del amor fraterno: “mirad cómo se aman…” decían los que veían cómo vivían los primeros cristianos. Ya dijo Jesús: “un poco de levadura fermenta toda la masa”, y “cuidaos con la levadura de los fariseos”. Lo importante no es que seamos muchos o pocos, sino que seamos santos. Para esto nos eligió Jesús y nos envió al mundo para transformarlo. La misión de los cristianos en el mundo es ser como el alma en el cuerpo: lo vivifica, lo impulsa, lo une, lo renueva continuamente, lo perfecciona… Es una misión callada pero muy eficaz; es una misión sin deslumbrar, pero brillante; es una misión sin apariencia pero imprescindible. Sin alma el cuerpo está muerto; sin el testimonio de los cristianos el mundo va a la deriva. 

José Luis Latorre
Misionero Claretiano


5/5/21

EVANGELIO JUEVES 06-05-2021 JUAN 15, 9-11 QUINTA SEMANA DE PASCUA




 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».


Palabra del Señor

REFLEXION:

En este breve texto del Evangelio de hoy se nos indica el itinerario espiritual que debe caracterizar a los discípulos de Jesús, partiendo del amor como centro iluminador y vital: “Como el Padre me amó, así os amo yo. Permaneced en mi amor”. Es un amor que pide como respuesta la observancia de los mandamientos de Jesús como Él ha observado los mandamientos del Padre. Un amor que tiene como modelo el ejemplo de vida de Jesús en la obediencia radical al Padre hasta el sacrificio supremo de sí mismo. Los discípulos, llamados a practicar con fidelidad lo que Jesús ha realizado durante su vida, testimonian con su vida el amor de Jesús por los demás.

Es difícil amar si antes uno no se ha sentido amado. Se aprende a amar desde la propia experiencia de vida. Nos tenemos que dejar amar primero por Jesús y aceptar el amor que desde el Padre, a través de Jesús, desciende sobre nosotros. Como dice la primera carta de Juan: “No es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Dios nos amó primero”. Y el Papa Francisco dice: “Dios nos primerea siempre”.  Hay que dejarse amar; hay que abrirse a la acción amorosa de Dios Padre que en Jesús nos ha demostrado cómo y cuánto nos ama. Jesús nos pide que le amemos dejándole a Él la iniciativa sin poner trabas y dificultades. “No habría aprendido yo a amar al Señor / si Él no me hubiera amado/ ¿Quién puede comprender el amor / sino quien es amado?” (De las Odas de Salomón).

Así como el Padre entrega por amor a su Hijo, y Jesús se da totalmente por los demás, nosotros debemos hacer otro tanto. Y este darse totalmente garantiza la “felicidad”, pues “hay más alegría en dar que en recibir”.  Y la alegría es mayor, cuanto más nos damos y entregamos.  La perseverancia en un servicio exento de gratificaciones es fuente de felicidad, porque estamos poseídos por la felicidad que viene de Jesús; esa felicidad que  prometió a los que aman como Él. Dice Blase Pascal: “Cuando no se ama demasiado, no se ama lo suficiente”.  Y el refrán dice: “la medida del amor, es un amor sin medida”.

José Luis Latorre
Misionero Claretiano

4/5/21

EVANGELIO MIERCOLES 05-05-2021 JUAN 15, 1-8 QUINTA SEMANA DE PASCUA




 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor

REFLEXION:

PERMANECER: es unión y comunión profunda, real e indestructible entre Jesús y los que creemos en Él. Jesús es la vid, la fuente de la vida que corre por los sarmientos –los cristianos-. Así como el sarmiento vive de y por la vid, también los cristianos vivimos de y por Jesús. El cristianismo no es solo un mensaje, sino una vida; no es solo luz que ilumina, sino energía que transforma. Es la vida de Cristo derramada en nosotros que vivifica nuestra existencia gracias a nuestra comunión con Él. Con Jesús yo estoy vivo, sin Él estoy muerto; con Jesús somos todo y lo podemos todo; sin Jesús no somos nada ni podemos nada. El sarmiento unido a la vida “da mucho fruto”, separado de la vid, se seca, es estéril, porque la savia le viene de la cepa no de sí mismo.

PERMANECER: es unión y comunión con los demás sarmientos –los cristianos-. La cepa generalmente no es un solo sarmiento, sino varios, y la misma savia de la cepa nutre a todos los sarmientos y los mantiene unidos a la cepa y entre ellos. Los sarmientos unidos expresan la vitalidad de la cepa. Jesús es la vid, los cristianos los sarmientos. La vida de Jesús corre la misma por todos los cristianos y los une a todos. Es la vida de Jesús la que crea la comunión entre todos los cristianos. Comunión que es unión de corazones no estar juntos simplemente; comunión de sentimientos, no solo de palabras y ritos. Comunión que es amistad –“ya no os llamo siervos, sino amigos”-. Los amigos buscan el bien de los amigos, es decir la fraternidad, la justicia, la igual en derechos y deberes, el equilibrio entre el reparto de los bienes, el cuidado de la casa común…

El viñador –el Padre- es el que realiza todos los cuidados de la viña: riega, corta los sarmientos infecundos, poda los fecundos para que den más fruto. El Padre “purifica” la cepa para que cada vez sea más su cepa. Purificación que se realiza en cada uno de nosotros cuando acogemos de corazón la Palabra de Jesús y la dejamos trabajar en nosotros para que poco a poco nos cambie interiormente y podamos decir como San Pablo: “vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí”. Una purificación que dura toda la vida y que tiene diferentes etapas y formas de realizarse.

José Luis Latorre
Misionero Claretiano


3/5/21

EVANGELIO MARTES 04-05-2021 JUAN 14, 27-31 QUINTA SEMANA DE PASCUA

 



             

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo».

                                                 Palabra del Señor


REFLEXION:

Jesús ha comenzado diciendo: “Os dejo la paz. La paz os doy”. La paz que Jesús nos deja no es solo ausencia de conflictos armados. La paz de Jesús es Bendición, Don que contiene todos los dones. Es el don de la Resurrección a su Iglesia, el principio de la nueva creación. La paz de Jesús es una paz universal, pero no hay recetas rápidas y seguras para ella. Se construye en el día a día, y se halla en la fraternidad y en la delicadeza del encuentro con los hermanos. Es una paz que es don y conquista permanente.

El Señor ha derramado su paz en nuestros corazones. Una paz que es seguridad y fuerza. Una paz que nos asegura: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” Una paz que nos da tranquilidad y esperanza. Una paz que nos acompaña siempre. Una paz que es motivo de constante alegría, porque Jesús ha dicho: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”. Sin embargo en este tiempo de pandemia han hecho acto de presencia la inquietud y el temor. Dios parece callarse dentro de nosotros, no responde como quisiéramos. Este silencio nos espanta, hace saltar las dudas y la paz parece estar asediada. Estamos inquietos, nerviosos, preocupados… Quisiéramos respuestas rápidas y contundentes.  En estos momentos tenemos que recordar que Dios está presente en la luz oscura de la fe; que debemos ejercitar la fe para oír aquello que no oímos, ver aquello que no vemos, agarrarnos a lo que buscamos en la niebla. No podemos olvidar que Dios está presente, pero no poseído en plenitud; que la fe madura en el tiempo de la ausencia; que la fe se perfecciona en la búsqueda; que la fe se purifica a través de los acontecimientos más duros y difíciles.

Jesús también ha dicho: “Me voy, pero volveré a vosotros”. El Señor promete su presencia y su acompañamiento. No nos deja huérfanos. Él será quien nos defienda del Malo, quien nos consuele en las luchas y dificultades, quien haga que nada temamos aunque caminemos por cañadas oscuras, y quien nos tranquilice en los momentos de mayor riesgo. La paz que Él nos da está asegurada. Solo hay que tener fe y confianza. En esta clave tenemos que leer el libro de los Hechos de los Apóstoles; un ejemplo es la lectura de hoy: nada ni nadie les impidió seguir anunciando el Mensaje de Salvación y en ese ir y venir a las diferentes ciudades les acompañaba el Señor con su paz. 

José Luis Latorre
Misionero Claretiano

2/5/21

EVANGELIO LUNES 03-05-2021 JUAN 14, 6-14 QUINTA SEMANA DE PASCUA

 



               En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»

                   Palabra del Señor

REFLEXION:

       Hoy recordamos a dos apóstoles del Señor: Felipe y Santiago. Dos personas que escucharon la llamada de Jesús y le siguieron dejándolo todo. Desde el primer día estuvieron con Jesús y le acompañaron por los caminos de Galilea, Samaria… oyendo todo lo que el Maestro decía y viendo todos los signos y milagros que hacía. En ese día a día con el Señor aprendieron quién era Jesús, cómo se comportaba con la gente, cuáles eran los motivos que le movían a hacer las cosas. En ese día a día fueron descubriendo también para qué les había llamado el Maestro; fueron dándose cuenta de la importancia y grandeza del Mensaje de Jesús para los hombres y cuál era su papel en la transmisión de ese Mensaje.
Seguir a Jesús es hacer un camino con Él –“Yo soy el camino”-, un itinerario de un progresivo conocimiento experiencial y vivencial; de búsqueda constante; de ir continuamente a más. El discípulo tiene que salir de sí hacia el otro, dejar redes, casa, familia e irse convirtiendo progresivamente en seguidor del Maestro. Vivir un proceso de desinstalación para llegar a instalarse solamente en Jesús. Y eso se logra en el día a día de nuestra vida. Decimos: “la práctica hace al maestro”. Igual nos ocurre a nosotros en este camino de seguimiento de Jesús. Por eso el Papa Francisco dice: “Les invito a encontrarse con el Señor leyendo frecuentemente la Sagrada Escritura. Si no están acostumbrados todavía, comiencen por los Evangelios. Lean cada día un pasaje. Dejen que la Palabra de Dios hable a sus corazones, que sea luz para sus pasos”.
Hoy hay muchas personas que quieren conocer al Padre como Felipe –“muéstranos al Padre”-, pero no por lo que otros dicen, sino tener una experiencia personal de Él. Y los cristianos que están verdaderamente unidos a Jesús, que viven una profunda experiencia de amistad con el Señor, pueden ayudar a mostrar el rostro del Padre al mundo. La vida de los cristianos es un testimonio inconfundible, de tal manera que “quien los vea, le vea a Él”.

 

José Luis Latorre
Misionero Claretiano


1/5/21

EVANGELIO DOMINGO 02-05-2021 JUAN 15, 1-8 QUINTO DOMINGO DE PASCUA

 



          

             En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

                            Palabra del Señor

REFLEXION:

  No hay sarmientos sin vid: quedan reducidos a unos palos secos, que dicen que son estupendos para asar chuletas o preparar una paella, o calentarse con una buena fogata. Y poco más. Tampoco hay vino sin uvas, en número suficiente. Con una sola uva no hacemos nada. Ni siquiera con un racimo. Por lo tanto: Si nosotros somos los sarmientos, y Cristo es la vid, sin estar unidos a él no podemos hacer nada. Nos quedamos «secos». Y estando unidos a él y al resto de los sarmientos... debiéramos dar frutos suficientes como para poder tener buen vino. La afirmación de Jesús es: «Yo soy la vid, vosotros (en plural) los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis (en plural de nuevo) hacer nada». Es un mensaje referido especialmente a la comunidad de seguidores. Estas sencillas afirmaciones, no necesitan que les demos muchas vueltas: se comprenden muy bien. Otra cosa es que seamos coherentes con ellas.

          En cuanto al fruto abundante al que se refiere Jesús (y ya que él es el grano enterrado que da mucho "fruto") tiene que ver con una vida entregada, como la suya, y con el Reino... que es descrito con palabras como «justicia, paz, servicio, misericordia, compromiso con el pobre, el enfermo, el emigrante..., acogida, libertad, perdón, fraternidad...». Palabras todas ellas relacionadas y referidas a los otros. Aunque hay que tener cuidado con las «palabras» porque, como advierte hoy la carta de Juan: no nos quedemos en las palabras, en las creencias, en las ideas, en los discursos, en las grandes afirmaciones, no amemos de «boquilla», sino con obras, con hechos. O sea: dando frutos. «Este es su mandamientos: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó». Creer en Jesucristo es amar, amarnos.

Estamos, pues, ante un punto central: ¿Qué aporta la fe realmente a nuestra vida?¿En qué consiste para nosotros «tener fe»?

    § La fe no se juega en el terreno de los sentimientos: «Ya no siento nada... debo estar perdiendo la fe», dicen algunos. No hay duda de que la fe toca el corazón, se siente, se experimenta, se disfruta, a veces duele... Pero sería un error reducirla a sentimientos y aún peor a  «sentimentalismo»: tendría fe si me emociono, si se me saltan las lágrimas, si «siento algo» cuando comulgo, etc. La fe -como el amor auténtico- es una actitud responsable y razonada, una decisión personal, un compromiso: haya o no haya sentimientos. 

 

La verdadera fe tiene, sobre todo, tres grandes pilares, según nos enseñan las lecturas de hoy:

♠   La Palabra de Jesús, que permanece en nosotros y nos va«limpiando», podando, purificando para que aumenten los frutos de Amor. «Si mis palabras permanecen en vosotros...». Por tanto en encuentro frecuente con la Palabra en nuestras celebraciones y en nuestra vida espiritual.

♠   La Eucaristía, como el medio excepcional para estar en comunión con él, para recibir su savia. Es decir: que la Eucaristía es importante y necesaria. Imprescindible. No como algo obligatorio con lo que «cumplir» los días de precepto, sino como la fuerza que necesitamos para amar y entregarnos «por Cristo, con él y en él». «Comulgar» no es simplemente «comer» un trozo de Pan. Sino ir haciendo de mi vida un «pan» que se parte, se reparte y se entrega, «en memoria suya».  Es identificarme con el Señor, y permitirle que se entregue hoy a través de mí.

♠   Y en tercer lugar la Comunidad. La comunión con la vid es al mismo tiempo, inseparablemente, comunión con el resto de los sarmientos. La Eucaristía no es un alimento privado, para mí, para mi devoción, para mis necesidades individuales, para hacer yo mis rezos a solas. La Eucaristía es una comida fraterna. Si la consecuencia de mi «comulgar» no me lleva a implicarme con la comunidad de hermanos, sino me lleva a sentir la necesidad de caminar con ellos... será otra cosa distinta a lo que quiso el Señor: «Tomad, comed y sed uno», «Tomad, comed y amaos como yo», «Tomad, comed y lavaos los pies unos a otros».

 

Al final, lo que "permanece" es el Amor, que es lo que nos mantiene vivos.

 

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf