En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Comienza el evangelio, relatando que Jesús se retira a la orilla del lago. No dice que cruzó a la otra orilla, sino que se retiró a la orilla. Las orillas de los ríos y lagos, en aquella época eran lugares de encuentro de la gente sencilla, los que no podían permitirse la opulencia del templo. En cierto modo eran lugares de periferia, donde encontraban espacio todos los que no tenían cabida en otro lugar.
Es muy significativo que Él se refugie ahí. El lugar de Jesús son las periferias de la humanidad, donde están los que no encuentran lugar en otro sitio. Jesús vino a mostrar belleza y dignidad donde nosotros solo vemos despojo y deshecho. Jesús viene a tocar el corazón herido y sanarlo y devolverle la esperanza, por éso, en esa oscuridad y dolor humano, hasta lo más recóndito y perdido de la humanidad se siente tocado y confrontado: “hasta los espíritus inmudos se postraban ante Él: tú eres el Hijo de Dios”.
La proclamación de Jesús como Hijo de Dios tiene en los relatos evangélicos un puesto central. En dos momentos clave de la vida de Jesús es proclamado por el Padre: el Bautismo en el Jordán (Mt 7, 13-17) donde manifiesta que es su Hijo amado; y en la Transfiguración (Mt, 17, 1-9) donde además indica que se complace en Él, es decir, que en Él queda contenido todo el Amor del Padre hacia la humanidad.
La respuesta de la humanidad a ese amor incondicional del Padre en el Hijo está expresada en esa misma proclamación como Mesías e Hijo de Dios que realiza el apóstol Pedro (Mt 16, 16-18): "tú eres el Mesias, el Hijo de Dios vivo"; y como culmen de esa experiencia frente a la divinidad de Jesús, la realiza al pié de la cruz el centurión romano, es decir un pagano: “verdaderamente este era el Hijo de Dios” (Mc 15, 39).
La sanación que Jesús nos da va más allá de lo que incluso nosotros podemos percibir. Es una sanación que toca y embellece el alma, que transforma y da identidad a nuestra vida. Todos los que sufrían de algo, (todos los que necesitaban perdón, saberse amados, acogidos, escuchados, todos los que tenían el alma rota) “se le echaban encima”.
La necesidad de sentirse tocados por Él, es una experiencia única y liberadora porque el amor toca las periferias del corazón para llenarlas de esperanza.
La manifestación del Amor de Dios en Cristo, que sana y restablece, que pone en camino va más allá de las curaciones físicas, la verdadera misión de Jesús era sanar la orfandad de la humanidad y descubrirles que tienen un Padre: Dios.
San Vicente Martín cuya memoria celebramos hoy, nos recuerda la intensidad de ese amor de Dios prendido en su vida que le hizo capaz de entregar la suya como respuesta.



