Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Cuántas veces Jesús nos sorprende contestando las preguntas de “los importantes” del pueblo yéndose por senderos que responden sin contestar.
La pregunta de este fragmento del Evangelio de Marcos es directamente sobre la “supuesta” profanación del sábado, y Jesús contesta refiriendo la historia del Rey David y los panes de la proposición, que no tiene nada que ver con el sábado, pero si sirve para que Jesús pueda darnos una lección sobre lo necio que resulta hacer de la anécdota categoría: ciertamente el respeto del sábado es importante en la ley judía, pero es necesario situarlo en su punto justo.
El sábado se estableció como día de descanso para el hombre, pero con el tiempo se ha ido transformando en un valor absoluto. El hombre se ha hecho esclavo del sábado y, lo que se había establecido para favorecerle, se ha cambiado en una norma tiránica, muy alejada del verdadero sentido que Dios había querido.
Puede que tengamos que plantearnos en nuestra vida cristiana cuanta norma accesoria hemos elevado a la categoría de imperativo y cosas, conceptos, opiniones meramente humanas, las hemos transformado en obligaciones a las que no pocas veces añadimos plenamente convencidos, “palabra de Dios”, cuando no son más que decisiones humanas, tal vez arropadas con tiaras pontificias, mitras episcopales, publicaciones de teólogos, etc. que no hay duda de que sean buenas, pero que no son LEY DIVINA, sino opiniones, más o menos santas, de los humanos.
Casi nadie duda de la bondad del Catecismo Católico, pero no es palabra de Dios, sino opiniones, más o menos santas, de los hombres que han pillado ideas del Nuevo Testamento o del Viejo, han teorizado sobre ellas y las han situado en un catecismo que pretende ser, pero no es, palabra de Dios.
Es necesario que tengamos siempre en cuenta que la ley se hizo para el hombre, no el hombre para la ley. Cristo nos lo deja claro en este fragmento de Mc. 2, 23 y ss.
¿Seremos capaces de distinguir lo que Dios nos dice de nuestras opiniones?



