En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
Se levantó y lo siguió.
Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían.
Es palabra del Señor
REFLEXION
La llamada que Jesús hace Leví, es un momento ideal para el evangelista para mostrarnos que, dentro de la inmensa importancia que tienen las comidas en aquel entonces, también con un momento especial para decirnos cosas claras.
En los evangelios las comidas, los banquetes, el compartir, es una constante y Jesús nunca excluye a nadie a la hora de compartir la comida, a la hora de sentarlo a su mesa o de sentarse a la mesa de los que la sociedad prescinde. A pesar de que entonces, como hoy muchas veces, comer con alguien significaba que era importante para él, Jesús acepta a todos/as e, incluso, se enfrenta a las normas de la religión para dar a conocer otra forma de ver la vida: “Todos, todos, todos…” (Francisco)
La importancia de este texto nos lleva a confrontarnos (¿enfrentarnos?) con esta ansia de excluir que está impregnando nuestra sociedad: el racismo, la xenofobia, la homofobia, el odio al diferente… no son propios de los que seguimos a Jesús, sino de una religión fundamentalista (la de los judíos de entonces y algunos cristianos de hoy) o de una ideología alejada del estilo de vida del Dios-Amor.
Esta situación tensa que se crea durante la comida hace que nos encontremos con una de las frases más espectaculares del Evangelio: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Expresión que nos hace comprender el por qué de la actitud del Señor, el por qué de la cercanía que nos enseña a tener con todo hombre o mujer que es despreciado, excluido, minusvalorado; convirtiendo nuestra fe, nuestras comunidades, en lugares de acogida, misericordia y sanación.
Incluir, nunca excluir, ese es nuestro estilo



