Llegarán días en que les arrebatarán al novio, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
Es palabra del Señor
REFLEXION
Dos partes claramente distintas nos presenta el evangelio de hoy, que aunque probablemente en su origen estuvieran separadas, como dos enseñanzas de Jesús en momentos distintos, Marcos las une, iluminándose mutuamente.
De un lado la velada crítica constante de Jesús a una religión –el judaísmo de su época- centrada en las prácticas externas más que en las experiencias profundas que transforman la vida. Esta vez es sobre el ayuno por el ayuno. Dice el texto que “unos” –no identificados, no los discípulos de Juan, quizás de los fariseos, pero en ese anonimato que suena a provocación- le echan en cara a Jesús que los suyos no ayunan. Su respuesta nos habla de un novio, de banquetes, de vida y de plenitud, de felicidad y sentido que quiere Dios para todos, haciéndolo bajo esa imagen del novio. Aunque no se retiene al recordar también que ya llegarían días distintos… donde el ayuno tendría sentido.
De otro lado el texto trae la imagen del remiendo de un paño viejo con uno nuevo o los odres de vino, con esa sabiduría práctica que recuerda que a veces tratar de juntar lo viejo y lo nuevo, hace que ambos se rompan.
En definitiva, nos cuenta que Jesús nos trajo una nueva forma de entender a Dios, la revelación de Dios de Jesucristo que supera las imágenes del judaísmo. Y que eso requería nuevas formas de vivirlo y de expresarlo. Así nació el cristianismo.
Para nosotros hoy lo que nos tocaría sería pensar si nuestra forma de vivir, expresar, y hacer vida de nuestra fe, sigue siendo odre nuevo, o si nosotros mismos hemos envejecido un mensaje que contiene en sí la eterna novedad de la plenitud.



