En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Es palabra del Señor
REFLEXION
Cleofás, uno de los de Emaús, dice que Jesús fue “varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo” (Lc 24, 19).
Efectivamente, Jesús anunció el Reino de Dios con obras y con palabras. Profundamente entrelazadas, sus obras prueban la veracidad de sus palabras, y sus palabras desvelan el sentido de sus obras. Tanto unas como otras se inspiran en el Dios de la compasión, el Padre a quien Jesús ora en los descampados de la vida sabiendo que ha sido enviado al mundo por amor.
¿Quienes más necesitados de amor que los hombres y mujeres excluidos del disfrute de la vida y de la convivencia en sociedad? Porque esta era la penosa situación de los enfermos en la Galilea donde discurrió la vida de Jesús.
Conforme a la mentalidad religiosa de la época, las distintas enfermedades son signos del castigo de Dios porque el enfermo o sus padres habían pecado. Bien (¿) hacían los sanos distanciándose de ellos para protegerse y conservar la pureza ritual, haciéndolos incluso vivir fuera de la sociedad.
La Escritura ha recogido algunas de esas muestras de exclusión como la prohibición de entrar en el Templo a los cojos y los ciegos (II Samuel 5, 8) o los gritos con que los leprosos debían alertar a los demás de su presencia.
Los milagros de Jesús no son como los de tantos curanderos, magos y taumaturgos que vivían en el Israel de su tiempo. No son muestras de su poder, sino signos de la llegada del Reino de Dios. Presencia de un Dios compasivo que tiene por predilectos a los que sufren.
Por otra parte, Jesús no sólo cura dolencias físicas o mentales, sino que promueve “una relación nueva con Dios que les ayuda a vivir con otra dignidad y confianza ante él” (JA. Pagola). Y es que, al liberar a los enfermos de la preocupación obsesiva por sí mismos, les reintegra a la sociedad y les pone en condiciones de servir a los demás. Esta fue la experiencia de la suegra de Pedro.
Quienes antes sufrían y eran alejados, ahora se convierten en testigos del amor de Jesús.
¿Estamos dispuestos a escuchar al Dios que nos convoca para trabajar en su Reino? ¿Cómo debo educar mi conciencia religiosa y así percibir la palabra de Dios? ¿De qué necesitamos que Jesús nos cure para ponernos al servicio de los hermanos?



