Es palabra del Señor
REFLEXION
Solemos hablar de “conversión” en el cambio radical de vida, del pecado a la gracia, que han vivido, a veces súbitamente, algunos creyentes. San Agustín, San Ignacio de Loyola, San Juan de Dios son ejemplo de ello.
Pero hay otros modos de convertirse. “Convertirse” significa salir del camino hasta entonces seguido y comenzar a recorrer en otra dirección. A veces, en dirección diametralmente opuesta. A veces, en la misma dirección, pero a otro nivel.
No se trata sólo y principalmente de cambiar de conducta. La palabra griega “metanoia” (conversión) indica sobre todo que lo más importante es el “cambiar de mentalidad”. Porque de la manera que tengamos de pensar sobre nosotros, nuestra vida, los demás, Dios… dependen nuestros sentimientos y nuestras decisiones y acciones. “Convertirse”, “cambiar de mentalidad" es, por tanto, algo necesario para todos y en proceso constante de profundización a lo largo de la vida de personas, comunidades, etc.
Por eso, el texto de hoy podríamos titularlo: “la conversión de Natanael”. No era un pecador. Por el contrario, Jesús mismo reconoce su valía, su altura moral y espiritual: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. A la sorpresa de Natanael : ”¿De qué me conoces?” sigue la respuesta de Jesús que no solo le sirve a él, sino a cada uno de nosotros en cada momento y es el detonante de toda conversión: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”.
Los exégetas bucean el secreto del significado de ese “bajo de la higuera”. ¿Se trata simplemente de manifestar que Jesús conocía cosas antes de estar presente? ¿Se refiere a que la higuera era símbolo de Israel y Natanael había querido ser fiel cobijado en la fe de su pueblo y en las promesas de Dios para él? Lo cierto es que esa frase le impactó tanto, que le abrió a la confesión de fe en Jesús: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Tú eres la respuesta a mis búsquedas, sueños, ilusiones, convencimientos, planteamientos, caminos. Y no sólo los míos, sino los de mi pueblo.
Y Jesús, mientras le da la razón, le abre a nuevas perspectivas universalistas y de eternidad: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre”. No se trata solo de las esperanzas de Israel, simbolizado en la higuera, a cuya sombra se cobijan, sino, según la visión de Jacob, de la comunicación directa y transformante de Dios con nosotros: el Enmanuel: Dios con nosotros.
¿Cuál es la clave de este relato?: Las palabras de Cristo: “te vi”. Ya San Agustín acertó cuando explicaba: “En Dios, mirar es amar”. Te vi a ti en concreto, a tus sentimientos, tus ilusiones, tus proyectos, tus dudas, tus luces, tus sombras, tus búsquedas, tus fracasos, tus intentos, tus logros, tus relaciones…. Te vi a ti en concreto, te amé a ti en concreto, y te elegí como compañero, amigo y colaborador a ti en concreto.
“En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros”, hemos proclamado en la primera lectura. El “te vi” de Cristo, no es una mirada superficial y curiosa. Es su compromiso total por mí. Es su amor indisoluble por mí. Y por ti. Y por aquel y aquella…
Esto es vivir, esto es aprender a vivir.
Según mis relaciones de amor, indiferencia u odio ¿vivo, sobrevivo, malvivo? ¿Siento en mi persona la fuerza del “Te ví” continuo de Cristo por mí?



